Cuando se diseña y construye una carretera o autopista son muchos los elementos y factores que hay que tener en cuenta para garantizar que se logre una obra que beneficie a todos; como cuál sería el mejor trazado, sus características como vía, su estructura para que su vida útil sea la mayor posible, los beneficios para quienes la utilizan y para quienes son dueños de predios o habitan a lo largo de esta. Y tan importante como todo lo anterior, cómo no afectar de manera negativa el medio ambiente a lo largo de todo el espacio en que esta se desarrolla.

Para mencionar lo fatal que puede ser no tener en cuenta este último factor, basta recordar lo que afectó ambientalmente, el recontra-súper-hiper-mega estúpido diseño de la carretera Barranquilla–Ciénaga. Todo lo anterior solo sirve para demostrar que a los profesionales de la ingeniería, con todo su profesionalismo y sus conocimientos, además de sus análisis y cálculos estructurales, a veces les falta algo que resulta indispensable, no solo para diseñar y construir una carretera, sino para desarrollar las actividades más elementales de nuestras vidas: sentido común, y que no es una frase de cajón, la de que es regularmente este, el menos común de los sentidos.

Procuraré ahora convertirme en un cangrejo, soy entonces el cangrejo ‘Nico’ y habito en todo ese humedal conformado por la ciénaga de Mallorquín, en las goteras de Barranquilla. Hasta hace algún tiempo mis papás y abuelos cangrejos habían vivido felices y cangrejeando por toda esa gran área, ideal para una especie como la nuestra, y para otras también. Los humanos habían construido y utilizaban una carretera que prolonga la Vía 40 hasta La Playa, y más allá, hasta Los Manatíes, Salgar y Sabanilla. Pero para nosotros los cangrejos esa vía aunque riesgosa porque podríamos quedar destripados debajo de las llantas de cualquier vehículo, no era un obstáculo para desplazarnos de un lado a otro de la misma. Y mamá cangreja nunca me advirtió sobre los riesgos que corría al cruzarla. Creo yo que no dimensionaba el peligro. Llegaron entonces unos genios de la ingeniería, diseñaron y están construyendo una súper autopista, pero estos jamás pensaron cómo equilibrar el beneficio para su raza humana con el de nosotros, unos pobres cangrejos, y el de otros, también pobres animales que conviven con nosotros en la más natural armonía.

Convivíamos, quiero decir. Bien podrían haber construido su súper carretera sin afectarnos tanto. Pero no. A algún genio se le ocurrió construirle un muro que separa ambas calzadas, conocidos estos mundialmente como ‘New Jersey’, y aquí como ‘maletines’, y estos son infranqueables para los cangrejos. Pretenden ellos que nosotros, en vez de cruzar la vía, que es lo que por necesidad e instinto hemos hecho durante siglos, caminemos, caminemos y caminemos, hasta encontrar un tremendo hueco debajo de la vía, que los humanos llaman ‘box-culvert’, para pasar de un lado a otro, y después caminemos y caminemos para regresarnos. Si nos hubieran tenido en cuenta, y quisieran dividir las dos calzadas, simplemente hubieran colocado unas defensas metálicas bien galvanizadas, llamadas “defensa Armco” para carreteras, con la que se logra ese cometido, y nos permitiría a los cangrejos pasar por debajo de estas.

Pero… ¿Quién le pregunta algo a un cangrejo?

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