El Heraldo
Opinión

Una pausa

Convendría descansar y desconectarse de las redes, aprovechar estos días de asueto para salir de todo ese barullo.

En las primeras líneas del prefacio a su ensayo Contra el odio, Carolin Emcke, autora y periodista alemana, se pregunta si debería envidiarlos. Se refiere a aquellos que exhiben cotidianamente tanta seguridad, de tal manera que se permiten «odiar» a diestra y siniestra: a los de arriba, a los de abajo, a los que entienden diferentes, a aquellos que consideran sus enemigos, a los que se les vayan ocurriendo.  Emcke conjetura que sin esa condición, sin esos niveles de seguridad, sería imposible insultar, humillar y atacar tanto; suponiendo que cualquier duda que surja frente al juzgamiento del antagonista debería al menos mermar las ansias destructivas, invitar a la calma. La contundencia de esa pregunta, desde luego no exenta de sarcasmo, encuentra sustento adicional en la revisión de la mayoría de las interacciones que se pueden ver en las redes sociales, o incluso en los comentarios que se les permiten a los lectores de ciertos periódicos en su versión digital. Con qué facilidad se ofende, con qué impunidad, con cuánta seguridad.

Últimamente parece que nos vamos acostumbrando al mal trato. No es que antes de la irrupción de Internet y sus perniciosas redes tuviésemos sociedades amables y respetuosas —nos venimos agrediendo desde que el mundo es mundo—, pero no cabe duda de que ahora cualquier persona, o grupo, puede llegar a tener un impacto global, con una escala que hace pocas décadas era impensable, incluso para los grandes medios. Lo que en principio parecía una cosa muy buena, la oportunidad de tener un mundo hipercomunicado, está propiciando una abominación colectiva que por ahora parece estar generando más infamias que beneficios. Me parece que, virus aparte, esta reinante sensación de catástrofe apocalíptica, de fracaso y rabia general se debe a esa incesante exposición de agravios y malas noticias que nos agobian apenas encendemos nuestros dispositivos. Lo grave del asunto es que ahora vivimos pegados a esas pantallas como si nuestra vida dependiera de ello. Con los celulares en la mesa de noche, lo último que vemos antes de dormir y lo primero que vemos cuando nos despertamos suelen ser esos aparatos, a los que acudimos con fascinante credulidad y gran morbo.

Todo esto es muy nuevo. No hemos terminado de entender a los presocráticos, como afirma Bufalino, y ahora estamos frente a la inédita posibilidad de comunicarnos entre todos, en tiempo real, sin filtros. Sospecho que por eso estamos tan desconcertados y erráticos, como los antropoides rodeando el monolito en la famosa secuencia de 2001 de Kubrick, sin saber muy bien a dónde nos va a llevar esta avalancha de bits.

Por lo pronto, convendría descansar y desconectarse de las redes, aprovechar estos días de asueto para salir de todo ese barullo. Darnos una pausa. Ojalá nos atreviésemos a dudar un poco más, a no estar tan seguros en el sentido que lo cuestiona Emcke, a dejar de repartir insultos y de alimentar cadenas de información que además de ser casi siempre falsas y peligrosas, lo único que logran es generar sentimientos de inquietud y desasosiego. Espero que logremos moderarnos de alguna forma, antes de que las redes nos terminen de reventar.

moreno.slagter@yahoo.com

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