
Durante los últimos meses la tarea de escribir una columna semanal se ha vuelto fatigante. No responde tal sensación a los avatares propios de las circunstancias que vivimos, en las que se descuadernaron todas las rutinas; ni tampoco a que haya experimentado algún hecho particular que me haya puesto en especiales dificultades, cosa que agradezco. Lo que sucede es que desde marzo, todo cuanto parece importar está relacionado con la dichosa enfermedad y con los alegatos no siempre sensatos de quienes pretenden ser nuestros líderes políticos. Poco más. Cuesta mucho, por lo tanto, escoger un tema de interés que se aleje de esos asuntos, una situación francamente aburrida que por repetitiva puede terminar agotando el impulso de quien escribe.
Se requiere algo de esfuerzo para desconectarse. Salvadas las responsabilidades que nos reclaman, encuentro imprescindible aprovechar el tiempo libre, si logramos encontrarlo, para salirse de la inquietante actualidad, con sus permanentes acosos y sobresaltos. Seguramente con más fracaso que éxito, algo de eso intento transmitir con algunas columnas, invitando al lector a interesarse en otras cosas, a evadirse por un rato. Así he decidido escribir sobre la Segunda Guerra Mundial, Milton Glaser o la Reina Isabel II. Eso sí, no resulta en absoluto sorprendente comprobar que esas columnas no son tan leídas como las que mencionan al virus o a cualquier asunto que implique criticar o apoyar al Gobierno. Uno sabe.
Con ocasión del último libro de Mario Vargas Llosa, Medio siglo con Borges, me animé de nuevo a revisar la obra del genial escritor argentino, constatando por enésima vez que pocos autores, en cualquier lengua, logran ofrecer un universo tan vasto e intrigante. Cuando leo cualquiera de sus cuentos pasa algo que no me sucede con ningún otro autor: una inagotable sorpresa por la inverosímil precisión que logra con el español, un idioma muy entregado a los recovecos y al adorno. Como quien admira un elaborado reloj suizo y se embelesa por sus mecanismos y no tanto porque logre dar la hora, me puedo encontrar leyendo varias veces un párrafo o alguna frase, aunque ya la trama y sus misterios los haya descubierto hace años. Leerlo es, me parece, similar a escuchar una buena sonata, la repetición no logra cansarnos nunca.
Siempre he comprendido la literatura, la música y el arte como válvulas de escape. Por eso no suelo leer novelas, ni cuentos, ni escuchar canciones o ver alguna película que pretenda mostrar «la realidad» disfrazada de ficción, para eso prefiero abrir un ensayo, o un periódico, o ver un documental. Quiero entonces invitarlos a darse un respiro descubriendo o volviendo a leer a Jorge Luis Borges. Perderse de vez en cuando en la Biblioteca de Babel, visitar la casa de Asterión, conocer a Dahlmann, o imaginar a Tlön, puede ayudarnos a sobrellevar estos difíciles momentos, y los que pronto vendrán.
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