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Reyes y reinas

Durante los diez días de luto por la muerte de la reina, por ejemplo, la primera ministra no tuvo ningún tipo de relevancia, y sus intervenciones en público fueron mínimas: el foco de atención fue la familia real. Tampoco resultaron importantes los partidos políticos y sus diferencias, nada de eso suscitó conversación alguna, el reino pausó sus asuntos por ese periodo y se renovó el sentimiento unitario.

Es muy fácil criticar a la monarquía. Ya revisados y documentados innumerables estilos de gobierno, desde crueles totalitarismos hasta los avanzados sistemas democráticos, la figura de un rey o de una reina parece anacrónica, un inconcebible vestigio de otras épocas. Es muy fácil, digo, sobre todo para los ciudadanos de una joven república como la nuestra, malinterpretar esa tradición y hacerla objeto de burla o menosprecio, dado que en términos generales entendemos que lo que hemos construido —nuestro sistema— tiene más valor porque ideológicamente se apoya en los deseos de las mayorías, y es fruto de luchas patrióticas que, de hecho, se desataron también contra todo lo que suponían los títulos hereditarios.

Sin embargo, conviene evitar el juicio superficial. El fallecimiento de la reina Isabel II propicia cuando menos una reflexión sobre su importancia y sugiere un esfuerzo por tratar de entender lo que significan los monarcas para el Reino Unido, la Commonwealth, e incluso, para el resto del mundo. El momento demanda una valoración sensata.

Una de las cosas que más llaman la atención es que en una monarquía parlamentaria, como la que funciona en el Reino Unido, el rey, aunque sea simbólicamente, está por encima de los políticos. Esto no es poca cosa, porque esa circunstancia le imprime una dosis de modestia al servicio público, un requerimiento necesario que en otras latitudes suele olvidarse en cuanto el vencedor en las urnas asume una posición de poder. Durante los diez días de luto por la muerte de la reina, por ejemplo, la primera ministra no tuvo ningún tipo de relevancia, y sus intervenciones en público fueron mínimas: el foco de atención fue la familia real. Tampoco resultaron importantes los partidos políticos y sus diferencias, nada de eso suscitó conversación alguna, el reino pausó sus asuntos por ese periodo y se renovó el sentimiento unitario. Hasta las huelgas se suspendieron (la de los conductores de trenes resultaba crítica), y aunque también hubo manifestaciones en contra de la monarquía, que en buena medida se respetaron, fueron minoritarias y poco significativas. Minutos de silencio, homenajes en todas las vitrinas, campanadas, cañonazos, ceremonias antiquísimas y masivas expresiones de gratitud y reverencia colmaron la vida de los británicos por esos días. El conjunto de ritos históricos se desplegó con toda su fuerza.

Una reina, con las condiciones en las que ejercía Isabel II, entrega algún grado de estabilidad. Al menos en el Reino Unido, que es donde lógicamente tuvo mayor influencia, la reina vio pasar dieciséis primeros ministros: Churchill, Thatcher, Blair, conservadores y laboristas, todos le juraron lealtad y respeto. De esa forma, los ciudadanos tenían siempre un asidero, así fuese simbólico, una persona a la que podían dirigir la última mirada, una voz que podría brindar algo de solaz en los pasajes críticos, que no faltaron. Ese quizá es el mayor reto que tiene el rey Carlos III, lograr mantener algo de cohesión y tranquilidad en un reino que se va diluyendo poco a poco, y hacerlo teniendo como referente a quien quizá fue la reina más querida de su historia. No será fácil. 

moreno.slagter@yahoo.com

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