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Los derechos

Ojalá que pronto podamos alcanzar algo más de orden, sin que por ello tengan que cesar los reclamos.

Mi buen amigo Van Grove ha dedicado casi toda su vida productiva a montar una plataforma de exportaciones de manufactura textil colombiana. Siendo quizá uno de los pioneros del comercio electrónico en nuestro país, poco a poco ha podido establecer una clientela más o menos estable aunque con un ritmo de crecimiento moderado, fundamentalmente debido a la inevitable lidia con el galimatías regulatorio que nos caracteriza. Su constancia ha sido notable, y golpe tras golpe ha podido aprender lo que significa innovar en nuestro medio. Durante los últimos años pudo evitar los números rojos en su contabilidad y empezó a cosechar los frutos de su apuesta.

Hace unas semanas, en medio de los momentos más violentos del paro, gran parte de su mercancía, lista para exportar al día siguiente, se quemó en una bodega que fue atacada en Cali. Pocos días después, sus principales proveedores le manifestaron que la materia prima que necesitaban para producir prendas estaba secuestrada en alguna carretera. Hablé con él ayer y me comentó que sus ventas habían disminuido significativamente en lo que va de mayo, no por falta de clientes, extranjeros que siguen haciendo clic en su página, sino porque no tiene casi nada que venderles. Sobra decir que su negocio está en riesgo por alguna razón que cuesta mucho comprender y más justificar: ha hecho todo de forma correcta, legalmente, acatando las reglas, pagando impuestos y trabajando con juicio. Ojalá pueda superar este momento.

En nuestro país la protesta es un derecho. Eso está muy bien, dado que es conveniente tener la posibilidad de expresar nuestro descontento y hacerlo evidente cuando nos parezca. Además, es justo valorar y defender esa prerrogativa porque en algunos países no se permite o se desaconseja —China, Corea del Norte, Arabia Saudita, etc. — al conllevar grandes perjuicios para quienes se atrevan a reclamar públicamente por algo. En ese sentido, incluso se debe aceptar con agrado que un grupo de ciudadanos se manifieste en las calles, es parte del precio que se paga por la libertad y la democracia. Pero no podemos confundir ese derecho con una patente de corso para tratar de imponer desorden y anarquía.

Desde luego, parte de la protesta supone alterar parcialmente la rutina, especialmente la de quienes son objeto del reclamo, como sucede con los parlantes que ocasionalmente acosan a los funcionarios de la embajada de los Estados Unidos en Cuba. Sin embargo, me parece que los límites del derecho a la protesta están siendo evidentemente traspasados con la destrucción aleatoria e indiscriminada de la propiedad pública y privada, además del pernicioso bloqueo de las vías de comunicación de todo el país.

Ojalá que pronto podamos alcanzar algo más de orden, sin que por ello tengan que cesar los reclamos. El Gobierno deberá escuchar y atender a los manifestantes, pero también es cierto que los ciudadanos, estén o no de acuerdo con lo reclamado, deben tener la posibilidad de continuar libremente con sus actividades. Van Grove no le ha hecho daño a nadie, al contrario, con su empresa ha propiciado empleo e ingresos a una cadena importante de actores. Él también tiene derecho a seguir haciéndolo.

moreno.slagter@yahoo.com

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