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Opinión

Con buen talante

 En ese sentido, me parece que Alejandro Gaviria tiene un buen talante, sugiriendo las reglas para un cambio social que no se limite al todo o nada, sino que llame a sumar y a restar, a matizar las ambiciones; a balancear lo que podemos hacer dentro de un marco realista y consecuente, e incluso, a aceptar ciertas derrotas. 

La semana pasada pude asistir a la mayor parte de una reunión convocada para escuchar a Alejandro Gaviria, uno de los precandidatos presidenciales. Aunque fue una lástima no poder quedarme hasta el final del evento, tuve la oportunidad de formarme una idea más concreta sobre sus posturas, que en buena medida continúan con la línea que ha consignado en sus libros, especialmente en Alguien tiene que llevar la contraria (2016) y Siquiera tenemos las palabras (2019). No alcancé a escuchar propuestas específicas, una cosa que ya han hecho con atrevimiento algunos contendientes, pero sí amplié mis apreciaciones sobre su carácter.

El discurso empezó bien. Sus menciones sobre el controversial Kissinger y sobre la obra cumbre de Joseph Conrad, Nostromo, lograron captar mi atención. Guardo profundo respeto por el conocimiento, las ideas y la literatura, por eso, siempre valoraré que se discuta con fundamento en la historia y con la perspectiva que brinda la lectura de las obras imprescindibles. En realidad eso tiene mucho valor en nuestro entorno, dado que muy pocas veces he descubierto, entre quienes se dirigen a un auditorio con intereses políticos, que se utilicen con criterio citas de autores reconocidos; mucho menos que se recurra al planteamiento de los dilemas que ofrece una buena novela. 

Su intervención continuó con una extensa explicación sobre los peligros de «los profetas». Se refirió con ese término a aquellos líderes que proponen borrón y cuenta nueva, tabula rasa, acabar con todo lo que hay para refundar lo que ellos consideran adecuado, sin lugar a discusión o disenso. Ya sabemos que bajo esas premisas, en nuestro país llevamos mucho rato acercándonos peligrosamente a los extremos. Advirtió, entonces, sobre el riesgo de lo que llamó la improvisación carismática, esa estrategia que consiste en decirle a la gente lo que quiere oír, incluso exagerando los beneficios y simplificando las complicaciones, de tal forma que pueda entenderse que así se responde al clamor popular. En su defensa de la moderación poco a poco definió el centro político, respondiendo a la pregunta que cuestionaba su misma existencia y que originó la convocatoria. 

En un país tan volátil y violento como el nuestro, con tantas carencias, es relevante un estilo de liderazgo que llame a buscar acuerdos con insistencia y sustento, sin arrogancia y sin miedo al ridículo. En ese sentido, me parece que Alejandro Gaviria tiene un buen talante, sugiriendo las reglas para un cambio social que no se limite al todo o nada, sino que llame a sumar y a restar, a matizar las ambiciones; a balancear lo que podemos hacer dentro de un marco realista y consecuente, e incluso, a aceptar ciertas derrotas. 

Falta mucha tela por cortar y será necesario tratar de comprenderlos a todos (y de comprenderlo más a él) pero por ahora, me parece que es un precandidato que podría aportar mucho. Es muy difícil no estar de acuerdo con quien le apuesta a un gobierno conciliador, sin prometer milagros ni revoluciones fantásticas. Sobre todo, si nos tomamos la molestia de reconocer que por el camino que vamos nos podemos despeñar muy pronto, y que la caída puede ser mortal.

moreno.slagter@yahoo.com

 

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