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Opinión

El síndrome de la cabaña

El consumo de viajar y conocer se nos volvió prioritario: exprimíamos nuestra tarjeta de crédito para aprovechar las ofertas que hacían líneas aéreas y agencias de turismo.

Sin darnos cuenta, muchos habitantes del planeta se comportaban como nómadas. Las actividades comerciales, especialmente la industria del turismo de masas, convirtieron a muchos en viajeros incansables.

El consumo de viajar y conocer se nos volvió prioritario: exprimíamos nuestra tarjeta de crédito para aprovechar las ofertas que hacían líneas aéreas y agencias de turismo.

La industria del turismo —que generaba empleo a más de 300 millones de personas—, tiene por característica que el principal activo que comercializa (una playa, un parque natural, un centro histórico) no les pertenece. Pero motivan de tal manera que en el 2019 las aerolíneas transportaron 4 mil 500 millones de personas. Estos viajeros frecuentes trasladaron desde China, a todos los países, el COVID-19. En solo algunos meses el virus migró por todo el mundo, lo que nos obligó al confinamiento. 

La mayoría de los habitantes del planeta debimos refugiarnos en nuestros hogares, a fin de evitar el contacto con otras personas, que potencialmente pudieran ser portadoras. Sin embargo, por estos días nos dan noticias esperanzadoras: posiblemente a fines de año se habrá elaborado la vacuna que nos podrá liberar de este virus mortal.

Ya llevamos cuatro meses de confinamiento, donde hemos debido cambiar nuestra forma de vivir, nuestras prácticas y costumbres, y adquirir nuevas maneras de relacionarnos con nuestras familias. En algunas casas ha aumentado la violencia doméstica, pero en otras los hijos han tenido, por fin, la posibilidad de compartir más tiempo con sus padres y cuidadores.

Probablemente, en enero podremos volver a salir del hogar en forma masiva. La psicología ha acuñado el concepto no científico del ‘síndrome de la cabaña’ porque salir de casa no será fácil. No solo implicará gestionar la crisis sanitaria, sino también enfrentar el des-confinamiento psicológico.

En algunas regiones de China que lograron controlar el virus, un diez por ciento de la población que salió a trabajar presentaron síntomas de estrés postraumático. Al salir quedará, por un tiempo, la sensación de riesgo, cierto temor a partir de casa, y la ansiedad natural de cómo será resurgir y convivir nuevamente. Así como aprendimos a estar las 24 horas del día en casa, tendremos que reaprender a vivir en el espacio público.

Es increíble, pero muchas personas que han estado largos años recluidas en prisión, cuando salen libres, la mayoría siente pánico, cometen cualquier fechoría que les permita volver a la cárcel, y algunos terminan suicidándose.

Cuando termine el confinamiento, muchas cosas van a cambiar. Lugares que disfrutábamos, no van a estar; abrigaremos temor al subirnos a un transporte público; sentiremos mayor cansancio y miedo ante el futuro laboral incierto. Algunos añorarán la cabaña, ante tanta incertidumbre. 

Es conveniente ir preparando para la apertura a la población —especialmente a niños y jóvenes—, que al regresar a su vida escolar o del trabajo deben procesar lo vivido y hacer encuentros para evaluar el significado de lo pasado, lo que nos permitirá reencontrarnos y volver a empezar a vivir juntos.

joseamaramar@yahoo.com

 

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