Convertirse en propietario de una vivienda tiene una explicación antropológica, ya que satisface la necesidad biológica de tener una cueva, un nido, para construir un proyecto de vida; un lugar para compartir con los seres más queridos.
Colombia no es un país de propietarios de vivienda. Según el Dane (1919), más de la mitad de los colombianos son arrendatarios y un 20 % no paga arriendo, es decir, dos o más familias viven en un mismo hogar.
Como es de suponer, las personas de menos ingresos son las que tienen menos posibilidad de tener vivienda propia. El esfuerzo más grande y significativo al respecto ha sido el programa de vivienda gratis que lideró en el gobierno anterior el ministro Germán Vargas, que les permitió a miles de colombianos tener una vivienda digna. Los actuales programas de vivienda no satisfacen las necesidades en tal sentido. En estos tiempos de pandemia, la vivienda se ha vuelto mucho más importante, y el anhelo de casa propia es apremiante.
La psicología ambiental ha estudiado el tema de la compra de vivienda, especialmente en la clase media. Ha concluido al respecto que, aunque adquirir una casa debería ser un acto racional, en el momento de comprar nos dominan emociones y sentimientos difíciles de controlar.
Cuando un vendedor nos ofrece una casa, lo primero que se nos viene a la cabeza es imaginarnos instalados en ella. El vendedor casi siempre nos manipula insinuando que existen otros clientes interesados, o que pronto se va a encarecer. Nos dice, por ejemplo: “Ya vamos a empezar obra y sube un 30 %”. El anhelo se nos vuelve casi incontrolable.
Corremos al banco a solicitar un crédito. Por mi experiencia, sé que conseguir un préstamo para vivienda en un banco es lo más parecido a firmar un pacto con el diablo. Y cuando ya has cumplido tu sueño de tener casa propia, empieza el sufrimiento del pago de las cuotas mensuales; es como vivir con una soga en el cuello durante muchos años. Si te atrasas en el pago de las cuotas, el diablo, perdón, el banco, te atosiga sin piedad.
Otro aspecto que ha estudiado la psicología ambiental hace referencia a que hoy prevalecen las viviendas verticales con espacios cada vez más reducidos. Los megaedificios son cada vez más frecuentes. En ellos se vive con muchas restricciones: los olores, por ejemplo, nos indican que suelen comer los vecinos; tenemos que aprender a tener sexo silencioso, porque las paredes son tan delgadas que todo se escucha, y si por desgracia nos toca convivir con un vecino vallenatero, nuestro sueño de tener vivienda propia se convierte en una pesadilla.
Comprar vivienda debería ser el acto más racional. No solo evaluar su calidad, sino también informarnos sobre los posibles vecinos, qué oportunidades ofrece el barrio, cómo será la valorización del bien. Según los estudios en psicología ambiental, en la mayoría de los compradores prevalecen las emociones, porque si comprar produce placer, comprar una vivienda genera la máxima alegría.
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