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Opinión

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Mientras el Gobierno sigue dando toda clase de tumbos,  se conoce una denuncia periodística que francamente no genera ninguna sorpresa: José Hernández Aponte, conocido como el “Ñeñe”, quien -según las autoridades- era el principal testaferro del reconocido exparamilitar, sicario y narcotraficante Marcos Figueroa, sostiene una conversación telefónica en la cual habla del negocio de compra de votos a favor de la campaña del entonces candidato Iván Duque, cumpliendo órdenes,  presuntamente, del senador Álvaro Uribe.

Podemos recordar -aunque tampoco resulte sorpresivo- que el protagonista de la comprometedora conversación interceptada por la Fiscalía murió asesinado en Brasil unos meses después en extrañas circunstancias, no sin antes haber asistido en calidad de invitado a la posesión del presidente Duque.

La ausencia de asombro ante semejante información se debe a que el país ya está acostumbrado a escuchar, de toda clase de fuentes, que el jefe natural de la derecha en el poder ha tenido, y sigue teniendo, extrañas cercanías con oscuros personajes del bajo mundo. Incluso hay quienes defienden o excusan esa inclinación suya a rodearse de gente cuya principal característica es tener una dudosa reputación o una comprobada mala conducta. Entre nosotros eso es normal, paisaje cotidiano. La vergüenza nos la guardamos para refutar lo irrefutable, que es uno de nuestros deportes nacionales.

En Uribe no tenemos a un expresidente que comparte tertulias con intelectuales, académicos, científicos, investigadores, autoridades mundiales en alguna cosa que le sirva a la sociedad. No, a él parece gustarle otro tipo de gente, qué le vamos a hacer.

Los defensores de oficio del senador insisten en que todo se trata de una conspiración nacional e internacional -ya saben, por lo del castrochavismo y cosas por el estilo- que ha buscado desde hace décadas destruirlo política, moral y judicialmente, entre otras cosas para impedir que cumpla con su noble cometido de librar a la patria de las fauces del comunismo.

Lo cierto es que, con inusitada frecuencia surge -dirán los uribistas que gracias al enorme poder de los conjurados- una pista, una grabación, la declaración de algún testigo, unas pruebas que ameriten que la ineficiente justicia que nos tocó vincule a Uribe en un nuevo caso criminal de los muchos en los que cumple el triste papel de indiciado.

Y en muchas ocasiones lo que desata esa nueva chispa es la actuación de alguno de esos siniestros personajes de novela negra que pueblan la vida del presidente eterno de la mitad de Colombia. Personajes como el “Ñeñe” Hernández, un señor sospechoso de casi todo, cuya muerte el senador lamentó en pública y sentida declaración tuitera.

Mientras el Gobierno sigue dando toda clase de tumbos, el país continuará enterándose, cada tanto, del tipo de personas con las que suele relacionarse quien elegimos dos veces como presidente de república.

@desdeelfrio

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