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Opinión

A más oro, menos vida

El oro, en el lapso de meses, se convirtió en el activo tradicional con mejor desempeño en el mundo.

Con todo lo que está sucediendo, el resurgimiento del precio del oro en las últimas semanas no ha recibido la atención que merece. Sin embargo, la semana pasada los precios se dispararon a máximos históricos, por encima de los 2.000 dólares la onza por primera vez (un aumento del 72 por ciento desde que comenzó la subida de precio en el otoño de 2018 y un aumento del 36 por ciento en el año que va, muy por encima de cualquier índice de acciones). Gran parte de este incremento se debe a los esfuerzos de los bancos centrales por proteger sus economías de los peores efectos de la pandemia del Covid-19. El oro, en el lapso de meses, se convirtió en el activo tradicional con mejor desempeño en el mundo, ahora cada vez más una parte importante de las carteras de inversión en una economía de bajo rendimiento.

Desde principios de este siglo, no se han invertido tales cantidades de dinero en el oro y su extracción. Sin embargo, debajo de todo, el precio real del oro va mucho más allá debido a sus impactos ambientales. La minería ilegal ha prosperado históricamente cuando los precios de los lingotes son altos y la fiebre del oro del 2020 no es una excepción. Más del 70% de toda la minería realizada en la Amazonía de enero a abril de este año fue ilegal y se llevó a cabo en tierras indígenas, con los mineros propagando COVID-19 en estos territorios remotos y afectando el ecosistema forestal por generaciones. La minería de oro reduce significativamente la capacidad del bosque para regenerarse, con la recuperación alrededor de los pozos mineros abandonados siendo entre las más bajas registradas en los bosques tropicales

 Además, el mercurio utilizado en la extracción de oro aluvial representa un riesgo inminente para la salud humana, el equilibrio ecosistémico y la sostenibilidad de los procesos de producción, especialmente cuando se encuentra en forma de metilmercurio. En su forma gaseosa se propaga más fácilmente a grandes distancias y tiene una vida de hasta 18 meses. Colombia es su tercer mayor emisor, después de China e Indonesia.

En el Caribe colombiano vemos este fenómeno en la Mojana, una de las zonas de Colombia con mayor contaminación por mercurio, en gran parte propagada por la explotación generalizada de oro debido a su riqueza hidrográfica. Gracias al alto precio del oro, cientos de mineros nuevos han sido atraídos a la zona, a pesar del peligro y riesgos de salud de la minería de oro. Corren el riesgo de ser arrestados, pero la incesante y creciente demanda mundial de este metal precioso los impulsa a pesar de los riesgos. Los sedimentos generados por la minería ilegal ocasionan inundaciones catastróficas en la región y sus habitantes consumen pescado altamente contaminado con mercurio y otras sustancias nocivas, con grados por encima de los permitidos por la OMS.

Incluso cuando los precios del oro se disparan por encima de los 2.000 dólares por onza, el valor del elemento no puede comenzar a cubrir el daño socioambiental causado. Los mineros de oro dejan atrás paisajes devastados y contaminados con mercurio: un mundo natural puesto patas arriba. Agreguemos a estos efectos el peligro inminente a medida que cientos de mineros, potencialmente portadores del COVID-19, penetren áreas remotas de Colombia, afectando potencialmente a pueblos indígenas y comunidades rurales, los más devastados por la pandemia.

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