Indiscutiblemente. La protesta del 21 de enero languideció en todo el país. En Barranquilla, esta vez la oratoria de Gustavo Petro no llenó la plazoleta del Cementerio Universal.
Sin embargo, es una torpeza zaherir las protestas por estos bajones de participación como lo hizo en Semana doña Salud Hernández, la vocera del franquismo en Colombia, quien escribió: “No paró ni el gato”. En cambio, un político ecuánime como Carlos Fernando Galán dijo: “La insatisfacción sigue ahí”.
Sin duda, la marea social mundial y latinoamericana ha cedido. Y a las fricciones por el protagonismo que ya han surgido entre algunos promotores del paro colombiano, hay que agregar que la movilización social nunca ha sido una peculiaridad nacional, porque, como lo han dicho algunos analistas, no hemos tenido un poderoso sindicalismo convocante. Los mayores desfiles obreros ocurren los primeros de mayo, pero ya son parte de la tradición como las procesiones del Santo Sepulcro.
Para algunos, las protestas en Colombia no tienen ningún sentido. Sostienen que ha aumentado la clase media. Y que nuestra economía es la que más ha venido creciendo en Suramérica, (y si creciera al 5% el desempleo se reduciría a un dígito y descendería la informalidad que es el gran quebradero de cabeza de los economistas y los políticos). “Pasamos de una rebelión de los pobres a una rebelión de la clase media”, dice Rafael De la Cruz, un alto ejecutivo del BID.
En Colombia no funcionan los canales de comunicación entre quienes dirigen y la gente, y la polarización no ha cimentado una deliberación democrática fundada en la tolerancia, el respeto y la argumentación responsable.
Las elecciones pasadas le pasaron factura a los extremos simbolizados en el uribismo y el petrismo. ¿Para dónde vamos? Está por verse si logramos pasar la página de la polarización en 2022 respaldando electoralmente una opción política moderada, congruente con el talante mayoritario de los colombianos.
En esa perspectiva, es fundamental que Colombia emprenda las reformas aplazadas con acertadas políticas públicas y un pertinente y pulcro manejo de los dineros oficiales.
Será clave consolidar la paz y que el partido Farc cumpla un rol civilizador en el posconflicto. Es inadmisible el asesinato de sus excombatientes.
El país necesita gobiernos que escuchen a los ciudadanos y tomen buenas decisiones. Cada día es más evidente que fue un garrafal error haber reconocido a un presidente imaginario como Juan Guaidó. Distintas voces, e incluso dentro del uribismo, piden replantear el tema de Venezuela. Por ejemplo, Rafael Nieto escribió el domingo en EL HERALDO: “Aunque no nos guste, quien detenta el poder en Venezuela, todo el poder, es el chavismo”.
Y, claro está, los costeños necesitamos gobiernos que impulsen nuestras ciudades litorales, el comercio exterior y la autonomía. Estamos mamados del ‘bogocentrismo’.
@HoracioBrieva








