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¿Vox populi, vox Dei?

El problema es que estos odios entre líderes políticos generan unos altísimos gastos millonarios que salen del presupuesto público, es decir, del bolsillo del pueblo. El referendo de Uribe para acabar con la JEP, el de Roy Barrera para tumbar al Presidente Duque y las consultas populares del año pasado, ya casi nos acercamos a un billón de pesos, en un país con tanta pobreza. ¡Sean serios!

Es una de las expresiones latinas más antiguas y de mayor uso en el mundo político latinoamericano: “la voz del pueblo es la voz de Dios”. No se sabe con precisión quién es su autor, pero se le atribuye a textos griegos como La Odisea y al filósofo Séneca, como también a Maquiavelo. Sin embargo, este proverbio no tiene ningún respaldo bíblico, pues Dios es infalible y el pueblo, especialmente el colombiano, siempre se equivoca, cada cuatro años y en algunas importantes decisiones de impacto nacional. Si esa expresión latina, fuese bíblica, el pueblo no cometería tantos errores ni se dejaría convencer tan fácilmente de los caimanes de turno.

Desde la primera elección de alcaldes en 1986 con un período de dos años, las expectativas del elector se proyectaban a ese plazo. Posteriormente se amplió a tres y ya con el Acto Legislativo 02 de 2002 el período de estos funcionarios pasó a cuatro años.

En la posesión de un alcalde cerca de Macondo observé que una agraciada líder esperaba ese día su nombramiento en un cargo directivo. Se vistió con la mejor prenda de una diseñadora nacional, se arregló su cabellera en el mejor salón de belleza del pueblo y esperó con ansiedad que leyeran su nombre en la emisora local. El decreto nunca salió a los medios de comunicación. Al año siguiente encabezaba un grupo juvenil que en la plaza principal recolectaba firmas entre transeúntes distraídos, para una revocatoria del alcalde.

De este remolino de odios surge el arma secreta de la revocatoria que será el menú del próximo año, cuando se cumplan los requisitos que establece la Ley 1757 de 2015. Es importante recordar lo que Séneca decía: “el primer acto que deben aprender los que aspiran al poder es el de ser capaces de soportar el odio”. Y en nuestro país, este odio se da en ambos sentidos: gobernante- gobernados- gobernante.

Ya están en la lista de este deporte nacional, los alcaldes de Medellín y Cartagena, y ahora, la alcaldesa de Bogotá. Claudia López no lo está haciendo mal, pero tampoco es el monstruo de la gerencia pública llegado de otro planeta y que transformaría a la capital en un acto de magia. Y aun cuando no es de mi corazón, celebro que haya ganado las elecciones, pues si el alcalde de Bogotá fuera Galán, ya la izquierda de este país lo habría, despellejao o esmigajao, como dicen en la Guajira, porque para ellos nadie hace algo bueno.

El problema es que estos odios entre líderes políticos generan unos altísimos gastos millonarios que salen del presupuesto público, es decir, del bolsillo del pueblo. El referendo de Uribe para acabar con la JEP, el de Roy Barrera para tumbar al Presidente Duque y las consultas populares del año pasado, ya casi nos acercamos a un billón de pesos, en un país con tanta pobreza. ¡Sean serios!

Y si esta fiebre de revocatorias y consultas se extiende por los municipios, no alcanzará ningún presupuesto para financiar esos caprichitos de niño pechichón.

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