En España hay un refrán que es ley de vida, “Es de bien nacidos, ser agradecidos”. Y al término del gobierno de Juan Manuel Santos digo, gracias presidente.
Estoy convencida de que ponerle fin al accionar terrorista de esa “máquina de matar” que eran las Farc, es lo más importante que le ha pasado al país en los últimos años. Son 13 mil combatientes los que hoy no están masacrando uniformados o civiles, secuestrando, extorsionando, cometiendo abusos de todo tipo, reclutando menores, lanzando cilindros bomba, tomándose poblaciones a sangre y fuego, sembrando minas, llenando al país de dolor y muerte, dejando un reguero de viudas, niños huérfanos, padres devastados y hogares destrozados en zonas rurales y urbanas.
¿Se acuerdan? Vivíamos en un país que respiraba miedo, sumido en una guerra de décadas con las Farc que parecía no tener fin. Ese era nuestro día a día.
Solo en el año 2002 se documentaron 860 acciones ofensivas de las Farc y cerca de 560 combates con la Fuerza Pública con saldo de 1.863 guerrilleros, 583 civiles y 381 policías y militares muertos: ¡2.827 vidas perdidas! El año pasado, según el Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos, las muertes por razones del conflicto con las Farc fueron cero, sí, cero.
En 2011, el Hospital Militar recibió 430 soldados heridos, mientras que el año pasado llegaron 34 y en el primer semestre de este 2018, 13.
El fin de las Farc, como grupo armado ilegal, no es el fin de la guerra. La implementación y consolidación de la paz, tras la firma del acuerdo en 2016, será un proceso largo que demorará unos 15 años, requerirá recursos por $129 billones y sobre todo el compromiso de los próximos cuatro presidentes.
Demasiados actores de este conflicto como el Eln, el Epl, las disidencias y las Bacrim mantienen vigente su actividad criminal apoyándose en el narcotráfico como el principal combustible de las economías ilegales, que en regiones como el Catatumbo, Cauca y Nariño amenazan y asesinan a líderes sociales, mientras ponen en jaque la institucionalidad.
En Colombia, donde el conflicto ha dejado 262 mil muertos desde 1958, la gran mayoría civiles, 215 mil, constituye un imperativo moral buscar el fin del sufrimiento de las personas más vulnerables, principales víctimas de toda guerra. Estas cifras del Centro Nacional de Memoria Histórica no dejan dudas sobre el irrenunciable compromiso que para todo colombiano, desde el presidente hasta el más humilde ciudadano, debe ser la búsqueda de la paz y la reconciliación nacional.
Santos así lo entendió, aunque esto significara agotar su capital político. Este estratega de la guerra, que le dio los más duros golpes a las Farc, pasará a la historia por haber negociado con ellas y lograr con una tozuda persistencia un acuerdo imperfecto, pero un acuerdo al fin y al cabo que silenció miles de fusiles.
PD: Hoy los invito a construir sobre lo construido, a ajustar lo que haga falta y a seguir adelante. Queda aún mucho por hacer para que logremos vivir en paz.