Son días de ruido. El que se produce por el despliegue sin precedentes de buques de guerra, submarinos y helicópteros de Estados Unidos en aguas del mar Caribe, cerca de las costas de Venezuela, para reforzar operaciones contra el narcotráfico del Comando Sur. Y el que se genera en nuestra frontera común, rebautizada zona binacional, luego del memorando firmado por los dos países, a donde Caracas enviará 15 mil militares y Colombia hará lo propio para “reducir al máximo las fuerzas de la mafia”, dijo el presidente Petro en la red X.

El peligro del ruido excesivo es que cuando se expande resulta difícil, por no decir imposible, escucharse, al igual que entenderse. De modo que el riesgo de una agresión pasa a ser real.

Desde el inicio de su segundo mandato en enero de 2025, Donald Trump le ha enviado contundentes mensajes a la dictadura chavista. Considera que Venezuela es un narco-estado, exportador de mafias, como el Tren de Aragua, y un santuario de criminales. Una nación dirigida por un régimen autoritario, al que no reconoce como su gobierno legítimo, sino como una organización de narcotráfico trasnacional, a la que llama el Cartel de los Soles y que acaba de designar grupo terrorista, el cual está bajo el mando del fugitivo Nicolás Maduro, por quien ofrece USD50 millones. Recompensa que dobló hace unas tres semanas.

Pese a las fuertes tensiones retóricas entre Washington y Caracas, también es cierto que en julio la administración Trump renovó, con restricciones, la licencia de la petrolera Chevron para reanudar sus operaciones en Venezuela, mientras funcionarios de ambos países trabajan juntos para coordinar las deportaciones que superan las 10 mil. Pragmatismo económico y migratorio, dirán algunos, pero la relevancia que el Cartel de los Soles ha adquirido en el mercado mundial de las drogas y, en particular, en EE. UU., eso es otra cosa.

Aunque a estas alturas no se conoce aún la letra pequeña de los objetivos o motivaciones de la misión antinarcóticos que se extendería durante meses, lo cual da pie a todo tipo de especulaciones en Venezuela y el resto del vecindario, la prisa con la que Washington puso en marcha el operativo y las inminentes visitas del secretario de Estado, Marco Rubio, a México y Ecuador, hacen suponer que la presión contra la dictadura de Maduro aumentará.

Bien sea como una acción militar a corto plazo para desmantelar rutas del narcotráfico y dar certeros golpes a las finanzas de las mafias, bien como una guerra sicológica de larga duración para intimidar políticamente y hacer implosionar al régimen de Maduro. Lo que nadie contempla, ni siquiera los mismos líderes de la oposición venezolana, es el escenario de una invasión o intervención en tierra que resulta inaceptable por su catastrófico alcance.

A riesgo de decir algo bastante impopular, la realidad es que no existen soluciones mágicas para desalojar del poder al dictador. Trump lo sabe, aunque de cara a la galería se haga el perro rabioso. Su subsecretario de Estado, Cristopher Landau, descartó un cambio de régimen en Venezuela liderado por Estados Unidos. Literalmente indicó que no podían ir por el mundo cambiando gobiernos a su antojo, que eso les corresponde a los venezolanos.

En ese contexto, el Gobierno de Colombia no debe seguir improvisando o equivocándose en los pasos que da respecto a Venezuela y de cara a Estados Unidos. Lejos de mantener una postura prudente o neutral, que sería lo más correcto debido a lo sensible de las relaciones bilaterales, las precipitadas e impulsivas reacciones de Petro lo muestran cada día más cercano a un régimen ilegítimo sumido en una deriva política, económica y electoral

A razón de qué, con qué propósito estamos estrechando vínculos con una autocracia, a la que no se reconoció en un primer momento por la falta de transparencia en las actas electorales, a la que luego se avaló con la presencia del embajador en el acto de posesión del dictador y a la que ahora se respalda abiertamente, al punto de que el mandatario asegura, pese a pruebas y testimonios recabados durante años, que el Cartel de los Soles no existe.

Mal estamos al tratar de tapar el sol del narcotráfico y la corrupción del vecino con un dedo. Aún más, al cohonestar el envío de cantidades ingentes de militares a la martirizada región del Catatumbo, desangrada por las disidencias de Farc, el Eln y las bandas criminales, para sumarse a la supuesta operación fronteriza con la que Maduro y su pandilla quieren demostrar su supuesto control territorial, amparándose en los términos de la zona binacional que sigue sin convencer por la larga estela de interrogantes que deja abiertos sobre su utilidad.

Petro luce atrapado por un conflicto de intereses o circunloquios ideológicos que lo llevan a hacer o decir lo que finalmente no sucederá, como la militarización de la frontera. En todo caso, su renovada alianza de necesidades mutuas con Maduro, me temo, no pasará impune.