Nací, crecí y vivo en Barranquilla, desde donde siento a Colombia y desde donde he tratado de aportar a la construcción de una mejor ciudad, de un mejor país, de un mundo mejor. Aquí, frente a la misma pantalla sobre la cual escribo, recibí el sábado pasado la noticia del execrable atentado contra la estación de Policía San José, en el sur de la ciudad, que segó la vida a cinco agentes y cercenó extremidades de varios más. Un crimen atroz sin antecedentes en nuestra historia local que ha merecido el repudio unánime de la ciudadanía y del país.

Imposible imaginar un descabellado discurrir para justificar el hecho. Sin embargo, al día siguiente el auto denominado Frente de Guerra Urbano del Eln se atribuyó su autoría mediante un comunicado en el cual expuso los motivos de su acción militar. De acuerdo con el cual, el asesinato a mansalva de los indefensos policías habría sido ejecutado –por uno de sus miembros venido expresamente desde Bogotá– en uso del “legítimo derecho a la rebelión” y en razón a que el “Gobierno Nacional se rehúsa a dar respuestas a las necesidades de la población...y usa la fuerza pública para reprimir al pueblo que se cansa de pelear por su sobrevivencia y dignidad”. Describe también la comunicación un panorama de la ciudad donde “no hay día en el que no ocurra un atentado contra la dignidad y vida de sus habitantes”. Argumentación que demanda una reflexión crítica si queremos avanzar en la laboriosa construcción de una paz sostenible con enfoque territorial.

Ante todo, parecería que hoy los miembros del Eln son los únicos que defienden en Colombia el uso de las armas, la violencia y el terrorismo para hacer política. Sorprende, asimismo, la ligereza con que ese Frente Urbano se refiere a Barranquilla. Sin negar que la ciudad padezca problemas propios del subdesarrollo, son evidentes los logros en saldar la deuda social con la población menos favorecida.

Resaltemos dos ejemplos: hace 25 años los niños se morían de gastroenteritis en la puerta de los hospitales por la mala calidad del agua. Hoy la ciudad y el departamento son modelo nacional en agua potable y saneamiento básico. Hace 10 años se estimaba que 100.000 niños no asistían a la escuela, hoy la cobertura es del 100 % en megacolegios con excelentes instalaciones, adecuada alimentación, formación bilingüe y varios colegios públicos se ubican entre los mejores del país.

Impresionantes avances recientes son palpables en los servicios de salud, el reverdecimiento de los parques y el control de mortales arroyos que han devuelto a los barranquilleros la dignidad y el orgullo por su ciudad. ¿Problemas? ¿Desigualdades? ¿Pobreza? Imposible negar esas realidades. Pero nada justifica la barbarie. Barbarie que contrasta y cuyo repudio se amplifica al perpetrarla en vísperas de la más grande e incluyente celebración del país, nuestro Carnaval, una fiesta que crea tejido social, sentido de pertenencia, ciudadanía y por ende civilización.

rsilver2@aol.com