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Opinión

No es homicidio

La autonomía debe alcanzar también para que decidamos sobre nuestra propia muerte, en la búsqueda de una salida que permita desaparecer el dolor.

Aunque se ha querido politizar, este no es un asunto político ni económico ni jurídico; es, sin ponerle arandelas, una cuestión de humanidad. Frente a la resolución expedida por el Ministerio de Salud que demarca las líneas para que se garantice el derecho a morir con dignidad en Colombia, se acrecienta el debate interminable sobre la muerte asistida, evento que fue despenalizado en el país en 1997, pero que hasta apenas hace unos días fue reglamentado con las respectivas pautas para su aplicación. Partiendo del concepto de autonomía como derecho fundamental de los seres humanos, debiera ser comprendido y respetado lo que la eutanasia supone, más allá de su frío nombre.

Historias como la de Ovidio González, el primer colombiano que recibió la eutanasia en pleno cumplimiento de su voluntad en 2015, y la de Yolanda Chaparro, a quien se le practicó este procedimiento médico hace unas semanas tras una batalla legal que la mujer enfrentara por más de un año con el sistema de salud para morir con el convencimiento de haber vivido dignamente, deben ser vistas con más ojos de sensibilidad que de moralidad. Porque, como estos, son muchos los casos en que la sanación o la salvación no llegan sino con la muerte.

En la vida todo es sufrimiento. Lo he dicho antes y lo sostengo, sin embargo, no por ello es justo alargar el padecimiento cuando parece ser, de por sí, eterno. Cuando un paciente pide la eutanasia es porque está evitando llegar a un nivel de deterioro insostenible desde cualquier punto de vista. No es cosa de testarudos ni de caprichosos ni de débiles, es una vía para vivir mejor, si es que existe otra vida después de esta.

«No permitimos que los animales sufran. Entonces, ¿por qué debería tu dolor prolongarse más allá de tus deseos?», dijo en 2014 a la BBC de Londres Stephen Hawking, el admirable científico que a sus 21 años le fue diagnosticada una devastadora enfermedad, esclerosis lateral amiotrófica (ELA), la misma que le diagnosticaron en 2019 a Yolanda Chaparro, quien es hoy un referente de la lucha por la eutanasia en Colombia.

El caso de Hawking, quien murió a sus 76 años desafiando esa agresiva afección que lo mantuvo completamente paralizado por décadas, aunque extraordinario, no deja de ser lamentable. Sus palabras sobre la práctica de la eutanasia hablan de su excepcionalidad: «No permitir la muerte asistida es discriminatorio». Aunque la sociedad colombiana no esté acostumbrada a pensar en los términos que traen consigo las voluntades anticipadas, como la muerte asistida, es hora de que aprendamos a comprender la eutanasia, ese último respiro que invita a decidir hasta qué momento la vida es soportable y compatible con la dignidad humana.      

La autonomía debe alcanzar también para que decidamos sobre nuestra propia muerte, en la búsqueda de una salida que permita desaparecer el dolor y el desgaste físico y emocional que causa una enfermedad terminal o una condición de salud que traspasa los límites de lo humano. La eutanasia no es homicidio, es un acto que dignifica la vida a través de la muerte.

@cataredacta

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