El Heraldo
Opinión

Mi cura, la enfermedad

Hace un poco más de una década que decidí ser feliz ante la oportunidad de vivir, aun cuando ello implicara inyecciones diarias de insulina.

Existen cosas en la vida que no podemos cambiar, como también existen otras que se pueden transformar en algo trascendental, algo maravilloso. Mañana es 14 de noviembre y siento que será un día especial, quizás no para todos, pero sí para más de 400 millones de personas alrededor del mundo, gente que vive con una enfermedad que aparece cuando el nivel de azúcar en la sangre es demasiado alto debido a que el páncreas pierde la capacidad de producir insulina, esa hormona poderosa que convierte la glucosa en energía para que podamos caminar, reír, hablar, pensar y, en definitiva, existir.  

Diabetes mellitus es el nombre de esa patología que, a quienes la tenemos, parece hacernos más dulces y, a la vez, más vulnerables. La mía es la diabetes tipo 1, me acompaña desde que tengo 22 años y sé que, como los buenos amigos, estará conmigo por siempre. Y, paradójicamente, eso es algo que me hace feliz. Porque para mí la diabetes no ha sido una enfermedad, sino mi cura.

De sinónimos y antónimos está lleno el diccionario. De causas y consecuencias está colmada la vida. De amores y odios está escrita la historia. De dolor y gozo estamos hechos todos. Y, al final, entre la contundencia de la enfermedad y la expectativa ante la cura vive el mundo, sino ¿por qué esperamos con tantas ansias esa vacuna contra el virus que desde hace meses aqueja a la humanidad entera?

Hace un poco más de una década que decidí ser feliz ante la oportunidad de vivir, aun cuando ello implicara inyecciones diarias de insulina, entre otros cuidados más que, a fuerza de voluntad y de amor, me han hecho entender muchos de esos motivos a los que Pascal se refiere cuando dice que «el corazón tiene razones que la razón desconoce».

Y es que no solo somos producto de lo que la vida hace con nosotros, sino también de lo que nosotros hacemos con la vida. ¿Por qué pensar que para ser grandes y tener éxito es necesario estar del todo sanos?, ¿por qué suponer que estamos blindados contra cualquier mal solo porque creemos estar “bien”? o ¿por qué sentir que nuestra fortaleza radica en no tener debilidades, si la debilidad es susceptible de transformarse, precisamente, en una de las más grandes fortalezas?

Para quienes tenemos diabetes, saber que la acumulación excesiva de azúcar en la sangre supone el riesgo de serias complicaciones de salud a futuro puede significar un problema de todos los días. Pero, volviendo a los antónimos, no hay problema que no tenga solución; al menos eso pienso desde muy niña, en sintonía con la voz de mi papá repitiendo esa idea una y otra vez.

Según la Organización Mundial de la Salud, la diabetes «puede provocar complicaciones en muchas partes del organismo e incrementar el riesgo general de muerte prematura». Según lo pienso yo, en mi experiencia como persona con diabetes y como un ser humano que, antes que padecer, razona y siente, la diabetes es una condición crónica que me ha hecho ver la vida de una forma más especial.

Antes de la diabetes anteponía un «si» condicional a un «sí» afirmativo a casi todo lo que hacía, o más bien, dejaba de hacer. Antes de la diabetes creía estar sana, pero cuando me veo en retrospectiva, en realidad estaba enferma… ¿De qué? De esa dolencia que representa el no valorar lo suficiente lo que se tiene, el no amar en demasía lo que se ama. Y es por eso que mañana, Día Mundial de la Diabetes, celebro… celebro que a mi vida haya llegado una cura maestra, mal llamada enfermedad.

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