Si mil setecientos cuarentaiocho vidas de menores de cinco años que se perdieron en siete años y medio no son razón suficiente para que el Gobierno ejecute acciones efectivas sobre la colosal desnutrición que azota al país, ¿cuántas muertes más por el mal del hambre son necesarias en Colombia para que se respete y garantice el derecho a la alimentación de la primera infancia?

El más reciente informe de la Defensoría del Pueblo y la Asociación de Bancos de Alimentos de Colombia (Abaco) presenta el crudo contraste entre la inseguridad alimentaria y la falta de acceso a alimentos con alto grado de nutrientes que se dan en el país y cuyas principales víctimas son niños que no están capacitados ni mucho menos preparados para luchar por sobrevivir ante ese monstruo voraz que figura como su más cruel y prematuro enemigo: el hambre.

Las cifras de la Defensoría, basadas en reportes del Instituto Nacional de Salud (INS), se ubican entre 2017 y 2023. Pero en 2024, el hambre persiste. Según el INS, entre el primero de enero y el 15 de junio de 2024, fueron 123 niñas y niños del mismo grupo etario los que se presume que fallecieron con y por hambre. La sonrisa de la infancia que reside en zonas rurales dispersas, o de la que integra poblaciones indígenas de nuestra nación, no puede seguir extinguiéndose por ausencia de comida o, dicho de otra forma aunque en igual sentido, por ausencia del Estado.

Aunque refleja una gran complejidad, la ecuación es sencilla: entre más apartado esté un grupo poblacional de la cabecera municipal, más alejado estará de derechos humanos básicos como la alimentación, la educación o el acceso a la salud y al agua potable. Aun cuando la situación se muestra más aguda en las periferias, dentro del perímetro urbano, millones de personas también padecen el mismo mal.

En 2023, más de quince millones de compatriotas sufrieron por insuficiencia alimentaria, en mayor medida, en departamentos como Valle del Cauca, Cauca, Nariño, Chocó y Atlántico. No son números los que aquí se exponen, sino un problema de escala humana: la hambruna colombiana.

El hambre siempre ha hecho parte de las civilizaciones, así como la lucha por la supervivencia ha forjado al hombre a través de los tiempos, como en aquellos en que se dio la Gran Hambruna irlandesa o Crisis de la Patata a la que James Joyce hace un guiño en Ulises. Pero no pueden ser los niños y las niñas de Colombia quienes soporten el peso de una historia que bien podría ser otra si los dirigentes se nutrieran más de consciencia y empatía que de las cifras jugosas de la corrupción. 

@catalinarojano