Aún recuerdo su frustración y su enojo por tener que hacer lo que le correspondía. Las palabras se desprendían de sus labios como humo renegrido. Ella lanzaba, casi sin permitirse tomar algo de aire, bocanadas de hartazgo por tener que trabajar. Tal vez a su edad, unos cincuenta y tantos años, ya era normal que por momentos la poseyera el cansancio. Sin embargo, yo —en la inocencia propia de los más jóvenes o inexpertos— no pude dejar de presenciar con gran asombro la escena que se alzaba ante mí como una diatriba al trabajo.
Ese episodio protagonizado por una compañera que estaba próxima a su jubilación, y que incluyó reclamos contra todo aquello que hiciera parte de su entorno laboral, me obligó a plantear más de un interrogante. Entonces me pregunté hasta qué punto de esta incierta vida uno vive para trabajar. Y ello supuso un debate interno de amplísimas proporciones: ¿Hay que vivir para trabajar o, más bien, trabajar para vivir? Desde el positivismo, la gran incógnita se responde fácilmente con la escogencia, a ojos cerrados, de la segunda opción: trabajar para vivir.
Pero la cotidianidad se encarga de mostrarnos de todas las formas posibles que, allende las palabras o las ideas pragmáticas, todo es complejo. En los tiempos del cristianismo clásico, no se entendía el trabajo como una actividad de la que se pudiera resaltar mérito alguno. Por el contrario, trabajar era la consecuencia ineludible del pecado original. La humanidad estaba obligada a ello para expiar sus culpas… De ahí que el trabajo solo pudiera significar fatiga, pena y sufrimiento. No es de extrañar entonces que el verbo trabajar —según Corominas— provenga del latín tripaliare, cuyo significado es «torturar».
El tiempo ha pasado, afortunadamente. Y el ser humano ha logrado emerger de las aguas profundas de la inconsciencia entendiendo la acción de trabajar como la filosofía de Georg Hegel la expuso a finales del siglo XVIII y principios del XIX: el trabajo le otorga dignidad a la condición del ser humano. Quizás si la historia que relato al inicio de esta columna fuera la de una persona que comprende el trabajo como un medio, mas no como el inicio y el fin de todas las cosas (buenas y malas), su vida, en general, sería más llevadera. Creo que es posible trabajar con la mente puesta en el objetivo de crecer en todo sentido. Porque es precisamente eso lo que permite que el mundo se mueva. Si no, ¿para qué estudiar? ¿Para qué escribir? ¿Para qué leer?








