Espanto, dolor y preocupación. Eso es lo que han generado las pérdidas humanas que por voluntad propia se produjeron en los últimos días en dos universidades de Barranquilla. Personas jóvenes que quizás fueron presa de los afanes y las presiones de lo que les rodeaba decidieron apagar su propia luz, tal vez buscando flotar en el viento, tal como las respuestas a esas preguntas que Bob Dylan hizo canción. Como acto de libertad desesperada, la de morir es quizás la más triste de las decisiones.

En esencia, somos libres de elegir nuestro destino. Pero cuando la insondable brecha de la desaparición autónoma y definitiva de un ser humano se zanja en los confines del alma de los que quedan, no es solamente una persona quien muere.

Las cifras alarman, como también entristecen. En el mundo, cerca de ochocientas mil personas al año toman la decisión de irse para siempre. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), cada una de esas muertes afecta al menos a seis seres humanos. Este tema tan espinoso, que lastima incluso a quienes no sufren directamente las consecuencias de lo que supone toda una tragedia, representa un problema de salud pública que debe ser observado y atendido con la prioridad que merece.

La OMS destaca que son de “amplio alcance” las consecuencias sociales y emocionales que ello significa. Aun así, pareciera ser poco lo que las instituciones públicas y privadas están haciendo para prevenir o mitigar todo aquello que se constituya en una amenaza para el bienestar o la vida de niños, jóvenes o adultos que tal vez sienten que no se identifican con nadie en el mundo, porque nadie en el mundo se identifica con ellos.

La muerte de los que deciden irse es como un triste canto al vacío. Un canto sin música que produce la sensación engañosa de que la vida es vana, como vano es el viento. En su Canción de la vida profunda, Porfirio Barba Jacob describe la montaña rusa que es la cotidianidad: entre días en que somos “móviles”, otros en que somos “fértiles”, otros en que somos “sórdidos”, otros en que somos “lúbricos” o “lúgubres”… y otros en que somos «tan plácidos, tan plácidos… (¡niñez en el crepúsculo! ¡Lagunas de zafir!) que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza, y hasta las propias penas nos hacen sonreír». 

Quienes se enfrentan a esa idea que les devasta llegarán a deleitarse más temprano que tarde de una vida profunda, como la del poeta. Aun cuando sientan que todo carece de sentido, sepan que su mayor bien es su vida misma... No hay nada que valga más.

@catalinarojano