Presidente, quienes mantenemos vivo el sano escepticismo a la hora de evaluar el ejercicio de los políticos en el poder, sabemos que es imposible solucionar los problemas de un país como Colombia en ocho años, o en 20, o en 50. Son profundas nuestras carencias y escasas las voluntades de las personas que solemos escoger para erradicarlas. Así que son normales, tanto la ineptitud de los elegidos, como el recelo de los electores.
Sin embargo, y en contra de todos los pronósticos, su servicio al país desde la Presidencia ha resultado ser una afortunada excepción: a fuerza de persistir en lo fundamental, usted logró demostrar, con hechos, que es posible que un gobernante asuma la improbable y desagradecida tarea de gobernar pensando en los intereses supremos del pueblo.
Fueron muchos sus logros: 90 billones de pesos ejecutados en infraestructura, 3,5 millones de nuevos empleos, 41 millones de hectáreas protegidas de la depredación ambiental, 300 mil hectáreas de tierra restituidas a campesinos, 8 millones de niños con educación primaria gratuita, casi 500 mil casas gratis, una inflación promedio del 3,5%, reducción de 6 décimas en el índice de desigualdad económica, entre muchos otros. Pero, no nos digamos mentiras, sería desproporcionado exagerar en felicitaciones por una labor que es la que se espera de cualquier servidor público en cuyas manos la ciudadanía encomienda una buena parte de su destino.
Lo que sí estamos obligados a agradecerle, y lo haremos por muchas generaciones, es el enorme aporte que usted le ha hecho al esquivo anhelo de la paz. La terminación del conflicto con las Farc, la reincorporación de esa guerrilla a la sociedad a cambio de verdad, reparación, justicia y no repetición, ha sido la conquista más importante que presidente alguno haya conseguido desde los tiempos de la independencia. Porque el acuerdo cambiará para siempre la dinámica perversa en la que estuvo sumergida nuestra sociedad durante medio siglo; porque a partir de ese primer paso ya no será necesario dejar pasar las oportunidades de desarrollo, de prosperidad, de inversión social; porque ya no tendremos que contar muertos, que llorar muertos, que vengar muertos.
Quienes hemos recorrido los territorios más golpeados por esta violencia absurda, hemos sido testigos de que el fin del conflicto y el comienzo de la implementación de lo pactado con la insurgencia, ha llenado de esperanza a los colombianos más pobres, a las víctimas de esta confrontación inútil, a las viudas, a los huérfanos, a los desplazados, a los campesinos despojados de su tierra, a los hombres y mujeres que padecieron una guerra que la mayoría de nosotros presenció por televisión. Esa esperanza, presidente, ese miedo desterrado, ese pedazo de tierra devuelto, esa certeza de que la muerte no llegará sin avisar, parapetada en un fusil sin nombre, será su mejor recompensa y su más importante legado.
He considerado mi obligación el defender, desde este modesto espacio, su inquebrantable compromiso con la paz de Colombia, y al hacerlo me he visto obligado a enfrentar, como muchos de mis colegas columnistas de casi todos los medios, los embates de una oposición destructiva, desleal e irreflexiva, y a recibir diariamente insultos, amenazas y burlas; a pesar de la molestia, de la fatiga y del miedo, no hay lugar para el arrepentimiento por haber hablado de la paz que usted nos regaló como lo mejor que pudo pasarle a este país en mucho tiempo.
Gracias, Presidente, por los colombianos que no van a morir baleados en el pecho. La vida de uno solo de ellos justifica su mandato, y cada una de mis palabras.
@desdeelfrio