El Heraldo
Opinión

El pueblo fantasma

Y quedó la soledad y apareció nuestro pueblo fantasma: Así parecía Barranquilla hace pocas semanas.

Afortunadamente las cosas se están normalizando en el Atlántico y en Barranquilla. Esperamos que la Divina Providencia y la disciplina ciudadana no permita que un rebrote del virus traicionero nos haga regresar a estas semanas anteriores donde cada vez que salíamos de casa por necesidades urgentes regresábamos tristes, contritos, apesumbrados de ver nuestra ciudad alegre, laboriosa, desordenada en costumbres a la cual nos tocaba compaginarnos, una ciudad llena de sol y calor, de luz, gritos e informalismos, toda ella sumergida en el silencio, en la penumbra, en las miradas tristes, en las expectativas, como cuando al igual que el título de esta columna asistíamos en el cine a las películas de vaqueros de John Wayne una de ellas  "El pueblo fantasma".

Desde luego que el fenómeno fue mundial y que apenas despertamos en ciertos lugares. La imagen de Nueva York hace tres meses donde un gato solitario atraviesa la Quinta Avenida se replicó igualmente en nuestra ciudad, guardando proporciones por supuesto, para indicarnos que un alto porcentaje de los ciudadanos permanecíamos en los hogares: Asustados, tristes, desarmados. Aquí caminar por las calles resultó amargo. La circulación personal casi nula, almacenes cerrados, restaurantes, tiendas, negocios pequeños y grandes herméticos, vallas de protección abajo con candados, vendedores informales ausentes. ¿Y a propósito, nos hemos preguntado alguna vez lo maravillosamente fantástico y original que son todos los vendedores informales en las esquinas y con bicicletas y carretillas por todos los barrios, con toda y su indisciplina encima, en una foto novela que podría ser la impronta para millones de crónicas?

La verdad es que son ellos, los callejeros que se ganan el pan diario con  el sol quemando las entrañas la estampa perfecta de la dinámica de la vida cotidiana con su folclorismo, indisposición absoluta a obedecer toda clase de normas, burlándose a cada minuto de lo propio y ajeno pero que, nosotros  a la hora de la verdad, cuando nos agobia la sed en el mediodía de un calor de verano somos los primeros en solicitar el agua de coco que revitaliza el universo. Todo ello se calló, se guardó, se sepultó en esta pandemia.

Y quedó la soledad y apareció nuestro pueblo fantasma: Así parecía Barranquilla hace pocas semanas y hasta los semáforos se apagaban más rápidos llenos de rubor por no tener a quienes orientar. Se fueron confinando la industria, la manufactura, el comercio, esa cadena productiva que vitaliza una urbe y que congrega los cimientos de nuestro diario vivir. La actividad mercantil, la intermediación, el transporte.

Los buses semejaban lapidas ambulantes y los domiciliarios hormigas serpenteando calles y andenes para ganarle a la competencia.  ¿Estuvimos acaso en estos días pensando en el capitalismo y el desarrollo, en la izquierda o la derecha que tanto invocan los políticos? ¿En quién era o es ladrón en el gobierno, las Cortes o el Congreso? ¿Acaso no hay gente muy buena en todos estos estratos oficiales? ¿Pero quién pensaba en todas estas inquietudes cotidianas, las de siempre, las que se roban toda la tinta de los periódicos, cuando la soledad de las calles, el vacío de los barrios, la ausencia del grito patriótico de esa negra maravillarnos anunciaba: “Bollo de mazorca!?

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