Columnas de opinión |

La roncha en el cuello

Barranquilla fue tendencia en días pasados luego de que se publicara en Youtube un video firmado por los colegas de “La Pulla” en el que cuestionan el evidente unanimismo con que se ejerce el liderazgo local. Con el sello del irreverente estilo que caracteriza el trabajo de los jóvenes periodistas que conforman ese equipo, el video hiló datos recopilados y publicados con anterioridad por distintas fuentes en un solo producto mediático polémico y efectivo, aunque no por ello exento de inexactitudes en algunas afirmaciones a las que les hace falta rigor y le sobran calificativos. Aún la irreverencia requiere una reverenda verificación.

Como era la intención y como era de esperar, el video ha generado todo tipo de reacciones: Algunos lo descalifican tajantemente y tildan a los periodistas de  “cachacos envidiosos”, otros justifican lo que el video intenta denunciar porque “es que ahora se ve progreso”, y no falta quien opina que es necesario sacudir el aletargamiento ciudadano en el que andamos producto de la pereza mental que, así duela reconocerlo, nos caracteriza.

Trascendiendo el asunto de las formas, que el video sea tema de conversación ya es una ganancia en una ciudad que se mal acostumbró a no debatir a sus sacralizados gobernantes o a creer que cuestionarlos es un imposible. La alguna vez contestataria Barranquilla desapareció en medio de la bruma hipnótica de un progreso medido en volquetas y ladrillos. La inmensa pauta oficial silenció la disonancia, dejando en su lugar a un bullicioso coro de áulicos recitando loas. Toca afinar bien el oído para escuchar muy al fondo una melodía distinta. Eso es, marcada y abiertamente, peligroso. Es penoso el que como sociedad creamos que el precio que tenemos que pagar por llenar discutibles indicadores de “calidad de vida” es hipotecar el juicio y el derecho a disentir. Lamentable es que nos moleste que desde afuera alguien nos llame la atención sobre ello. El problema no es el mensajero. El problema es el mensaje.

En la misma línea, graduar de detractor o enemigo al que prefiere mantenerse en la orilla preguntona del escepticismo no es propio de democracias. Un buen gobernante sabe agradecer la crítica tanto o más que el halago, y entiende que unos y otros vienen con el cargo, a veces efímero y casi siempre ingrato. En la modorra en que andamos ya cerca de unas elecciones que parecen sobrar, qué bueno es que le piquen el cuello duro al elefante. Aunque sea pequeña la roncha, roncha es. Y pica…

Rubén Blades le cantó con dolor a esa ciudad de plástico habitada por gente que vendió por comodidad su razón de ser y su libertad. A ver si nos incomodamos pensando y debatiendo, dejando de tragar entero, exigiendo y dando lo que como ciudadanos nos toca. A ver si cambiamos el plástico por algún material más amigable por el medio ambiente. A ver si podemos ser libres. Y que valga la pulla.

asf1904@yahoo.com     

@alfredosabbagh

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