Acto 1: Luego de una hora de camino con paradas técnicas incluidas, al colegio de Palmar de Candelaria, corregimiento de Luruaco, llega una pequeña y atiborrada buseta de la que descienden varias personas cargando las partes de un equipo de sonido. Deben apurarse para tratar de recuperar algo del tiempo perdido en el viaje. Cientos de niños esperan en la cancha de baloncesto un acto especial. Un cuentero, les dijeron.

Luego de minutos de espera, un señor enorme con un gorro colorido se presenta. Se llama Bonifacio. Viene desde Camerún a contarles historias de su familia y su pueblo a los niños que lo miran y escuchan mientras les enseña a saludar en bassa, su dialecto natal. Les cuenta historias de animales que hablan y de cómo es la vida en su aldea, no tan distinta a Palmar. Bonifacio les comparte cómo pudo estudiar en España gracias a una beca, les recalca lo importante de los libros y de ser buenas personas. Al final los niños lo rodean y no lo quieren dejar ir. Le hacen prometer que volverá. Desde su altura de basquetbolista, el graduado doctor en Filología Hispánica y autoridad cierta en oralidad se lleva apuntada en su piel esa promesa.

Acto 2: La pequeña sala de teatro de la Fundación Luneta 50, adaptada en el patio de una casa del barrio La Concepción, está llena. Es que hacer teatro es difícil y si es teatro independiente con sala propia, peor. Los que lo intentan merecen aplausos y los que lo logran casi que un altar. La anfitriona, una mujer alta, de piel cobriza y larga cabellera ensortijada donde lo plateado brilla sin pena, presenta con una hermosa voz a Iván, un amigo entrañable y a la vez cómplice de la utopía. El cuentero saluda, y acompañado por guitarra y flauta empieza a recordar, y a hacer recordar, lo que pasaba hace 25 años y lo que ha venido pasando desde entonces mientras un combo de tercos soñadores le confiaban el futuro a la palabra. Su recuerdo amplificado por su voz conmueve. Los acordes de cuerdas y vientos arrullan, pero no alcanzan a consolar. La sala guarda un silencio respetuoso mientras no pocas lágrimas corren mejilla abajo. Han sido muchas luchas, ha sido mucha gente. La enorme cadena de afectos bien ha valido la pena.

Acto 3: Es el cierre, y como todo cierre tiene que ser por lo alto. Los centenares de asistentes al Teatro José Consuegra se han divertido de lo lindo con los cuentos llegados de aquí y de allá. Al final de todo, un cubano maravilloso de pies descalzos que cuenta y canta como los cubanos saben hacerlo le pide a los asistentes que no se vayan, que algo especial viene. Iván, el mismo Iván del acto 2, lee en nombre de todos a Zoila y Manuel unas sentidas palabras cargadas de agradecimiento, reconocimiento y gratitud. 25 años liderando un Encuentro de Cuenteros en una ciudad por momentos hostil, carente de infraestructura, apática desde el poder al arte que no le tribute pleitesías es, por mucho, una hazaña.

El telón cae, por ahora. Para seguir viviendo, hay que seguir contando.

@alfredosabbagh