El Heraldo
Opinión

Vivir antes de morir

Como no sabemos qué hay detrás de la muerte, lo que tenemos es que lograr vivir tan bien qué, si detrás no hay nada, podamos decir: valió la pena.

Hoy cuando han muerto más de 90 mil compatriotas por covid-19 y hemos escuchado dolorosas historias de familias que han perdido hasta dos y tres miembros; cuando el estallido social ha cobrado más de 20 vidas, vale la pena que nos preguntemos por la muerte. Cuestión que nos enfrenta al no saber: nadie sabe nada, con certeza científica, de qué pasa o qué hay detrás de ella. Los creyentes apostamos por la vida eterna y la resurrección, como una muestra de fe. Entendiendo la fe como “certidumbre de lo incierto”, tal como la definía Erich Fromm. Repito: es una apuesta. Es un vivir como sí. Por eso, creo que la pregunta irresoluta sobre la muerte nos debe llevar a la pregunta sobre la vida. Esto es de lo que tenemos certeza total, es de la vida luego, debiéramos concentrarnos en hacer de nuestra existencia una experiencia amorosa, feliz, saludable y plena. Como no sabemos qué hay detrás de la muerte, lo que tenemos es que lograr vivir tan bien qué, si detrás no hay nada, podamos decir: valió la pena.

En estos días, conversando con Alejandro Jadad, me dejaba claro que la única posibilidad de que esto suceda, es entender que estas habilidades –así las define él– son siempre plurales. Es decir: salud, amor y felicidad siempre tienen que ser pensadas en relación con otros. Ser feliz y hacer felices a los que están a nuestro lado debe ser la tarea de todos los días. Gozarnos la existencia y generar todas las condiciones para que los otros la puedan disfrutar. Esto implica darle la proporción debida a experiencias y emociones necesarias, pero que no pueden ser las que comanden nuestra vida. Por ejemplo: el miedo, la culpa, el sufrimiento, el tener, etc., no pueden gobernar nuestro día a día, tenemos que saber experimentarlos, pero también soltarlos. No debemos sentirnos mal por reír, bailar, parrandear y encontrar motivos para tener esperanza y optimismo. Pero hay que provocar que los otros también lo puedan hacer. Cuando solo pensamos en ser felices nosotros, acompañamos a Sísifo y nos llenamos de infelicidad con la rutina de lo que se repite sin mucho sentido. Piensa en cómo puedes compartir tu felicidad con los otros. 

Cuando le pregunté a Alejandro cómo ser feliz, con su actitud de filosofo fraterno me dijo: “Descubriendo qué es lo que más feliz nos hace y poderlo concretar en un “verbo”. “A partir de ese momento, podemos enfocarnos en crear las condiciones que permitan conjugar el verbo, tanto y tantas veces como sea posible, para lograr así máxima felicidad y tranquilidad en el tiempo que queda por vivir”. Claro, hay que ayudar a los demás a conjugar el suyo. Él dijo que su verbo era preguntar, porque lo que más le gusta es no-saber. Me pareció sabia esa apreciación y creo que es lo que le da un propósito y un sentido a nuestra existencia, uno que se enfrenta a la incertidumbre del después de la muerte. Vivir conjugando nuestro verbo y haciéndolo en plural, esto es, provocando, ayudando, sirviendo para que otros puedan conjugar el suyo. Por eso, todos estos temas de dolor que vivimos estos días, me han hecho entender que si la vida tiene sentido, la muerte también lo tiene. Todos los días pienso en mi papá que falleció en diciembre, pero siempre me da paz y serenidad saber todo lo que gozamos juntos y cómo nos hicimos tanto bien en la vida.

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