El Heraldo
Opinión

Papás que son papás

Ojalá hoy todos los hijos podamos agradecer por nuestros padres.

Terminó la película y yo estaba llorando. Las lágrimas tenían varios motivos. Primero, la cercanía de la pérdida de mi padre -todo lo que me recuerda su presencia en mi vida me hace lagrimear-. Segundo, la decepción porque el país que retrata no es tan diferente al actual, en el que la desigualdad social sigue haciendo de las suyas. Y tercero, porque encontré en ella toda una oda a la bondad, esa inclinación tan necesaria para poder ser felices. Me estoy refiriendo a la película “El olvido que seremos”, basada en la novela homónima de Héctor Abad Faciolince, dirigida por Fernando Trueba, con la actuación maravillosa de Javier Cámara.

Salí convencido, más allá de todas las otras reflexiones que me ocasionó el film, de que como sociedad tenemos que ponerle mayor atención al tema de la familia, entendiéndola como ese vínculo cercano de afecto, que ayuda a construir la identidad y a trazar las líneas del proyecto personal de vida. En ella, tenemos las gratificaciones emocionales, que son la fuerza que nos impulsará a luchar; también nos prepara para poder vivir en conexión y para saber gestionar los dolores, los límites y los sacrificios que en ella vivimos, como preparación para la vida toda. Thomas Moore lo plantea en estos términos: “¿Y si pensáramos en ella, no tanto como la influencia determinante que nos configura, sino más bien como la materia prima a partir de la cual podemos construir una vida?”.

Definitivamente hay que volver la mira a la familia, aceptarla con sus características, valorarla, amarla, dedicarle tiempo y contribuir, desde nuestra mayor honestidad existencial, a que sea siempre un mejor vínculo. En ella la figura del padre siempre ha sido importante. Solo basta pensar en las zagas bíblicas, cosidas desde las relaciones padres-hijos de los patriarcas; o en los relatos mitológicos griegos, desde los padres arquetípicos (Urano, Cronos y Zeus), pasando por Edipo, hasta la historia de Ulises y su relación con Telémaco.

Celebraciones como la de hoy deben ser una oportunidad para ahondarnos en el misterio de la paternidad. No solo para agradecer, sanar y resignificar la relación con nuestros papás -cualquiera que haya sido-, sino también para entender cómo se está siendo padre hoy. Estoy seguro que desde las nuevas masculinidades se pueden encontrar muchas otras maneras de responder a ese rol con más tino.

Necesitamos papás que quieran ser papás, que acepten su tarea, la cual va más allá de regalar un gameto, y exige presencia, entrega, ternura, comunicación, acompañamiento y sabiduría para hablar y escuchar. No dejarse suplantar por los aparatos que hoy se han vuelto más influyentes –también para comodidad de algunos padres- en la vida de los hijos. Estoy seguro que la ausencia de los progenitores genera caos en la vida de sus hijos.

Por la tradición católica, en la que los ministros del bautismo engendran a los bautizados a la vida de Dios, durante mucho tiempo me han dicho “padre”, y aunque no lo sea físicamente y ya a mí edad no tenga prevista esa experiencia, todos los días trato de entender cómo se requiere esa referencia, compañía y respaldo en la cotidianidad. De hecho, me emociona entender a Dios como “abba” y recordarles a los padres que si quieren hacerlo bien, deberían parecerse a Él. Ojalá hoy todos los hijos podamos agradecer por nuestros padres; por los que están vivos, y por aquellos que en vida lo dieron todo para hacernos ser quienes somos. ¡Gracias!

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