Desde la elección de Belisario Betancourt en 1982 hasta hoy, no he fallado a una sola cita con las urnas. He sido, como tantos colombianos, testigo —y en alguna medida protagonista— de la historia electoral del país: acerté en elecciones decisivas para el país; y en otros casos la suerte no me acompañó, como con Álvaro Gómez Hurtado, Rodrigo Lloreda Caicedo y Rodolfo Hernández.

Esa experiencia, forjada durante más de cuatro décadas, no es un dato menor. Es la que hoy me permite hablar con convicción, no desde el entusiasmo pasajero ni desde la emoción del momento, sino desde la lectura fría de los ciclos políticos del país. Y por eso lo digo sin titubeos: este domingo Colombia tiene la oportunidad real de tomar una decisión clara, directa y sin anestesia. Una decisión sin segunda vuelta, sin cálculos, sin componendas. Por eso espero no solo acertar nuevamente, sino que el país también lo haga: eligiendo en primera vuelta al ‘Tigre’ Abelardo De la Espriella.

Y sería, además, un triunfo con triple mérito. En primer lugar, porque significaría derrotar al candidato del Presidente, quien —sin rubor alguno— ha puesto al servicio de su proyecto político buena parte del poder económico del Estado, disfrazado de subsidios, incentivos y transferencias. En segundo lugar, porque implicaría imponerse sobre el poderoso establecimiento económico y la rancia élite política que, durante décadas, han jugado a puerta cerrada y han decidido entre pocos lo que debería decidir el país entero. Y en tercer lugar, porque lo haría sin padrinos, sin pactos bajo la mesa: solo, a pulso, con el respaldo directo de la gente. Su única coalición ha sido el ciudadano de a pie.

Ese triple mérito no es cualquier cosa. Es la señal de que algo se está moviendo en el fondo del país. Que hay una ruptura real con las viejas formas de hacer política. Que el ciudadano dejó de pedir permiso y empezó a decidir por cuenta propia.

¿Y por qué puede ganar el ‘Tigre’ en primera vuelta? Porque entendió lo que muchos no vieron —o no quisieron ver—. Primero: que hay una mayoría silenciosa, cansada hasta el tuétano de los mismos de siempre, de la repartija, de la mermelada y de una élite que se recicló durante décadas mientras la desigualdad crecía sin pudor. Segundo: porque buena parte de quienes votaron por Petro, más desde la rabia que desde la razón, hoy sienten el peso de la decepción frente a un gobierno marcado por la improvisación, los escándalos y la falta de resultados. Y tercero: porque logró conectar con esos millones que no creían en nada: los indecisos, los abstencionistas, los del voto en blanco, los “nunca”. Esos que, cuando se mueven, cambian elecciones.

Hoy las encuestas, los sondeos y hasta el pulso del voto en el exterior empiezan a dibujar una tendencia difícil de ignorar. Y aunque en política no hay nada escrito hasta que se cuentan los votos, hay momentos en que el país habla antes de tiempo… y este es uno de ellos. Si Colombia finalmente da ese paso, no será solo la victoria de un candidato. Será la derrota de la resignación.

@indadangond