“El vivo vive del bobo y los corruptos viven del Estado”. Esa frase popular parece resumir el sentimiento de muchos colombianos frente al caos institucional y los escándalos permanentes del actual gobierno. Escuchar al presidente Gustavo Petro en algunos de sus discursos y en la reciente entrevista en radio, es como escuchar al Chavo del Ocho… y que me perdone el Chavo por la comparación.

Las incoherencias del jefe de Estado y sus contradicciones ya parecen parte del paisaje nacional. Decir que “ser embajador es un castigo”, reconocer públicamente que entidades como la DIAN y la Fiduprevisora están permeadas por la corrupción, o afirmar que sus funcionarios lo engañaron y traicionaron, deja una pregunta inevitable: si el propio gobierno reconoce semejante nivel de desorden, ¿quién responde entonces por el país?

Lo más preocupante es que, pese al diagnóstico permanente del desastre, la solución siempre parece ser la misma: más impuestos, más burocracia y más confrontación. Mientras tanto, los problemas estructurales continúan creciendo y la calidad de vida de millones de colombianos empeora con el paso de los días.

La incapacidad del presidente es evidente. El poder le quedó grande y, en el ejercicio de la Presidencia, el cerebro político, la lógica administrativa y la sensatez parecen habérsele “chispoteado”. Escándalos y más escándalos son el pan de cada día. Colombia vive atrapada entre peleas internas, improvisaciones y declaraciones que generan incertidumbre económica, política e institucional.

Las tensiones diplomáticas tampoco ayudan. El deterioro de las relaciones con Estados Unidos, los desacuerdos con Ecuador y otras decisiones improvisadas muestran un manejo internacional errático. A esto se suma la caída de utilidades de Ecopetrol, la crisis del ICETEX, los problemas en el sistema de salud y el caos en la atención médica de los profesores, muchos de ellos respaldados por FECODE, organización que apoyó decididamente la llegada de Petro al poder.

El llamado “gobierno del cambio” terminó convirtiéndose para muchos en un gobierno de desencanto. Prometieron transformación, transparencia y justicia social, pero gran parte del país percibe improvisación, enfrentamientos y deterioro institucional. Gobernar no es hacer campaña eterna ni responsabilizar a otros de cada fracaso. Gobernar exige resultados, liderazgo y capacidad de ejecución.

Después de casi cuatro años, muchos sienten que Petro y su gobierno no hicieron nada de lo que prometieron. Al final, recordando al Chavo del Ocho, podemos decir que este gobierno gobernó “sin querer queriendo”. Y mejor me “callo que me desespero”, porque definitivamente este gobierno del cambio “no me simpatiza”.

@oscarborjasant