Decía Vargas Llosa que no concibe una historia nacida de la nada, que su imaginación no funciona así. Que siempre parte de una experiencia vivida, de una imagen que se le queda pegada y, con el tiempo, se vuelve obsesiva, y entonces se da cuenta de que ya empezó a escribir, sin saberlo.

Y así me pasa a mí con estas ráfagas de recuerdos. No hay invención, no hay plan. Solo escenas que regresan sin avisar y que, poco a poco, me revelan lo que realmente quedó.

Así que empiezo por mi mamá.

Se llamaba Cecilia. Sí, como la canción de Simon & Garfunkel. Y mi papá le cantaba el coro, siempre. Era un gesto sencillo, pero lleno de cariño. Entre ellos había esos códigos, esas pequeñas rutinas que decían más que cualquier gran declaración.

Al final de sus días, mi mamá era apenas una presencia esperando la muerte. Su cuerpo se fue deteriorando lentamente frente a nosotros, apagándose poco a poco, como si la vida hubiera quedado atrapada adentro y ya no encontrara cómo salir. Ver morir así a alguien es un dolor difícil de explicar. Mi papá, en cambio, se fue casi de golpe, en paz. Lo de ella fue otra cosa. Más larga. Más silenciosa.

A veces yo sentía que tenía ganas de llorar, pero ya no podía. Su condición no se lo permitía. No podía expresarse. Todo quedaba reducido a gestos, miradas y a una lágrima que de vez en cuando le caía por la cara. Pienso mucho en ese calvario, en todo lo que habrá sentido sin poder decirlo.

Pero no quiero quedarme ahí.

Prefiero verla dándola toda. Prefiero recordar esos silencios llenos de amor que yo sí sabía leer. Esa manera suya de esconder lo que sentía, de callarse las preocupaciones para no hacernos peso, para no preocuparnos más. Y eso me conmovía profundamente. Porque entendí, quizá demasiado tarde, que esa también era una forma de amor.

Por eso recuerdo tanto una frase que decía una tía abuela: en vida hay que decirlo y hay que darlo todo.

Era muy linda. Tenía el cabello rojo borgoña y los ojos verdes, un verde esmeralda muy extrano, con una elegancia que no necesitaba esfuerzo. Las telas, las texturas y la moda le fascinaban sin pretenderlo, y trabajó en eso muchos años. Atrapaba miradas por donde camináramos. Nos hacía reír de vez en cuando con sus ocurrencias y su manera de llevar la contraria, siempre a su parecer. A veces solo quedaba sonreír y decir: “está bien, como tú digas.”

Era un poco dura. Un poco seca. Pero no se daba cuenta. Por dentro, yo sabía que se preocupaba. A veces demasiado. Vivía con una mortificación constante, una inquietud que nunca terminaba de soltarse. Esa era su manera de querer: silenciosa, preocupada, sin grandes gestos. Pero cuando me enfermaba, me ponía un colchón en su cuarto, al lado de su cama. Me hacía una sopita rápida, sin decir mucho. Y ahí estaba, cuidando a su manera. Cada uno viene con su historia. Y la suya, esa historia que no siempre entendí del todo, hoy la recuerdo con cariño y con una claridad distinta.

Yo salí de mi casa apenas me gradué del colegio. Pero ella estuvo. Me quedo con esa imagen cuidando de los míos mientras terminaba mi maestría. Sosteniéndolo todo desde su lugar.

Rezaba todo el tiempo. Y mi papá también. Era algo que compartían sin hacerlo público, sin alardes. Rezaban juntos. En silencio o en voz baja, en la rutina o en los momentos difíciles. Era una forma de sostenerse. De acompañarse. De estar conectados, incluso cuando no hablaban.

Mi papá, médico, cirujano. Vivía entre hospitales y campos de golf. Su vida eran los pacientes, sus procedimientos, turnos… pero tenía esa pasión. Esa otra vida afuera que se gozaba sin medida. Para eso no había excusas. Ni noches sin dormir, ni cansancio, ni lluvia. Si era día de golf, salía pitado. Ese campo verde lo llamaba, lo descansaba, lo atrapaba. Había algo en ese ritual, los palos, la caminata, el juego lento que lo descomprimía. Ahí se desinflaba. Como si el cuerpo, por fin, pudiera soltar el peso. Como si ahí pudiera ser él, sin demandas, sin reloj, sin pensar en nada mas.

Trabajaba mucho, sí. Y no tenía mucha paciencia. Pero era cariñoso. Y noble. El más noble de todos. Silbaba. Cantaba. Y cuando llegaba a la casa, se notaba. Se sentía. Su presencia llenaba el espacio. No porque hiciera escándalo, sino porque traía consigo algo una energía, un vozarrón, una calidez, una especie de alivio. Su forma de querer era directa, sin vueltas, reactivo. Te hacía sentir protegido y querido.

Y hay una imagen que no se borra de mi mama: su cuarto por la mañana. Ella ya se había levantado, y yo me metía en su cama, me hundía en su almohada. El perfume del día anterior -L’Air du Temps- seguía ahí. Un jardín de flores flotando en el aire. Ese olor lo invadía todo. Estar ahí era estar con ella, sin palabras. Solo su esencia, su rastro, su forma de estar sin estar.

A veces los recuerdos no llegan en orden. No tienen lógica ni guion. Son ráfagas que aparecen de golpe, como si galoparan desde el fondo de la memoria. Así me vuelven ellos. Un olor. Un gesto. Un sonido. Y uno sabe, sin dudar, que eso es lo que queda.

Recuerdo los silencios de mi mamá. No era de muchas palabras. Pero esos silencios decían cosas. Si uno sabía escuchar, estaban llenos de emoción contenida, de pensamientos que no salían pero quedaban flotando.

Y entonces vuelvo a mi papá. A su energía. A su manera de hacerse presente apenas cruzaba la puerta. A esa mezcla de rigor médico y alegría sencilla. A su amor que no necesitaba ceremonia porque solo era un gesto, un abrazo, una broma, un silbido, un tarareo de una canción bastaban. No siempre estaba, pero se sentía, y su cariño envolvía todo, aunque fuera solo por unos minutos.

De los dos me queda una colección de escenas. No una historia lineal, sino fragmentos vivos. Un campo de golf. Una bata blanca. Un perfume flotando. La música norteamericana, los boleros, el cine de todas partes. Los libros, las fotos. Una cocina con recetas ricas. Una mirada perdida. Una fe inquebrantable en Dios, una oración, una meditación. Una almohada con olor a perfume que todavía, a veces, vuelve.

No me quiero quedar con el cuerpo que ya no daba más. No me quedo con la fragilidad del final. Me quedo con lo que fueron de verdad. Con lo que me dejaron sin darse cuenta. Pues cada quien tenía una historia que arrastraba. Me quedo con todo lo que sigue vivo cada vez que los pienso.

Eso es lo que me queda. Lo que vuelve de golpe y se instala para siempre. No el final. No la despedida. Sino lo esencial, lo que de verdad fueron. Lo que aún son, cada vez que cierro los ojos y los pienso.

@said_cristina