Esta semana pasó de todo. Y, al mismo tiempo, no pasó nada. Porque en Colombia cada vez ocurren más cosas, pero cada vez importan menos. Un escándalo reemplaza al otro. Una noticia grave dura lo que tarda en aparecer la siguiente. Indignaciones que antes marcaban semanas hoy sobreviven apenas unas horas. Y así, sin darnos cuenta, entramos en una rutina peligrosa: la costumbre de lo que está mal.
Nos acostumbramos a la violencia, a la corrupción, a las decisiones polémicas, a los anuncios grandilocuentes que luego se diluyen. Nos acostumbramos a que todo sea urgente y, al mismo tiempo, nada sea verdaderamente importante.
El problema no es solo la cantidad de cosas que pasan. Es la velocidad con la que las olvidamos. Vivimos en un país donde cada día hay motivos suficientes para exigir respuestas, para debatir con seriedad, para hacer seguimiento. Pero la saturación nos gana. Todo se vuelve ruido. Todo compite por atención. Y al final, lo grave se diluye en medio de lo inmediato.
La indignación por las cosas que lo ameritan se volvió efímera. La lógica del “todo pasa rápido” también nos ha cambiado como ciudadanos. Ya no seguimos los temas, los consumimos. Opinamos sin contexto, reaccionamos sin profundidad y pasamos al siguiente asunto sin entender realmente el anterior. La conversación pública se volvió superficial, fragmentada, casi automática. Y en ese ritmo, lo complejo, que es precisamente lo que necesita atención, queda siempre en segundo plano.
Y eso tiene consecuencias, cuando dejamos de reaccionar, dejamos también de exigir. Cuando todo nos parece igual de grave, nada lo es realmente. Y cuando perdemos la capacidad de asombro, también perdemos la capacidad de transformación.
No es que el país esté mejor. Es que estamos más cansados. Cansados de escándalos, de discusiones sin fin, de promesas que no se cumplen, de debates que no llegan a nada. Y ese cansancio termina siendo funcional: baja la presión, reduce la exigencia y normaliza lo que no debería ser normal. El riesgo no es solo político. Es social. Un país que deja de indignarse es un país que empieza a conformarse. Y un país que se conforma, deja de avanzar.
No podemos permitir que todo se vuelva paisaje. No podemos acostumbrarnos a que lo grave deje de importarnos. Porque detrás de cada noticia hay algo real: decisiones que afectan vidas, derechos que se ponen en juego, problemas que no desaparecen porque dejemos de mirarlos. Tal vez el mayor desafío hoy no es informarnos más, sino recordar mejor, detenernos y no pasar la página tan rápido.
@CancinoAbog








