Esta semana escuché que Mark Zuckerberg admitió algo que, en el fondo, ya sabíamos: Facebook nació para conectar amigos, pero hoy está diseñado para mostrarte lo que más te engancha. Ya no gira alrededor de la gente que uno conoce, sino del contenido que más entretiene, más retiene y más distrae. Y eso no habla solo de una red social. Habla también de nosotros.
Porque si algo hemos ido perdiendo es la capacidad de quedarnos en el hoy. Vivimos cada vez más pendientes de lo que quisiéramos ser, de la imagen que proyectamos y de esa siguiente versión de la vida que parece siempre más interesante que la propia. Ahí las redes encajan perfecto: nos ofrecen una realidad editada, más atractiva, más liviana, que hace que la nuestra se sienta insuficiente.
La fantasía cansa menos que la realidad. No exige, no incomoda, no obliga a detenerse. Por eso terminamos desplazando lo que tenemos enfrente por lo que vemos en una pantalla. Sin darnos cuenta, empezamos a vivir mirando hacia afuera, en lugar de la vida que tenemos.
Se nota en lo cotidiano: es más fácil ver historias de un desconocido que llamar a un amigo; más fácil seguir a un influenciador que conversar con alguien cercano; más fácil compartir un titular que leer completo. Poco a poco, nos acostumbramos a consumir la realidad en versión recortada.
Y lo peligroso es que esa lógica no se queda en el teléfono. También se mete en la conversación pública. Empezamos a preferir explicaciones simples para problemas complejos, siempre que nos alivien o nos den un culpable rápido.
Pasa aquí, por ejemplo, con la vivienda, cuando este Gobierno insiste en explicarla solo por las tasas de interés, dejando por fuera el golpe que él mismo le dio a Mi Casa Ya. Y pasa afuera, con Trump, cuando vende sus aranceles como si una sola decisión pudiera arreglar una economía entera. El mecanismo es el mismo: preferimos verdades a medias porque nos permiten ignorar lo que hay más allá de la superficie.
Tal vez ese sea el problema de fondo: no solo nos estamos acostumbrando a la versión fácil de las cosas, sino también a vivir así, siempre corriendo detrás de lo que sigue mientras se nos va el hoy. Y esa misma lógica nos lleva a preferir discursos que tranquilizan, pero no explican, y decisiones que suenan bien, pero no resisten una segunda mirada.
Porque al final no se trata solo de las redes. Se trata de nosotros. De esa tendencia a elegir la mentira que preferimos antes que la verdad que nos exige. Una mentira que entretiene, calma y ordena, pero que también recorta la realidad. El problema es que, de tanto elegirla, terminamos perdiendo no solo la verdad, sino también el presente.
@MiguelVergaraC








