Llega un video al chat de hermanos. No lo veo inmediatamente; sigo enredado en las tareas de ese momento. Al llegar a casa vuelvo al celular y lo reproduzco. Cuando escucho la voz, siento que ha estado conmigo desde siempre. La recuerdo en mi primera visita al estadio Eduardo Santos, indicándome los nombres de algunos jugadores del equipo azulgrana que hasta hoy me apasiona. La siento en el corazón en los momentos de derrotas existenciales, como un bálsamo que cubre las heridas y da fuerza para seguir. La vuelvo a escuchar en aquellas discusiones acaloradas del dominó, por haber puesto una ficha equivocada.

Las lágrimas saltan de mis ojos al recordar la última vez que la escuché y cómo estaba empapada de amor, de seguridad, de agradecimiento. El video es el último mensaje que me envió mi papá. Y mientras lo escucho, sé que este instante también se me va a quedar para siempre.

Yo le había dejado un audio diciéndole que me tenía olvidado, que hacía mucho tiempo no me llamaba —realmente no eran más de tres días— y que lo iba a denunciar a la fiscalía. Él me respondió recordándome que siempre me tenía presente y que, si no había llamado, era porque mi mamá le pedía que no lo hiciera, pues yo estaba siempre ocupado. Su sonrisa limpia y amorosa me hizo sentir, esa tarde, lo importante que yo era para él.

No atino a contestar nada en el chat de hermanos. De hecho, todos guardan silencio, como si el recuerdo los hubiera arropado con esa emoción de amor paternal que siempre nos ha habitado. Terminé de escuchar el video y me senté aquí, frente al computador, para agradecer que aproveché cada momento con él.

Por eso me esfuerzo en ser consciente de cada persona importante en mi vida, en cuidar la relación que tengo con ella, en dejarme impulsar por las mejores emociones y, sobre todo, en celebrar cada instante.

No soy un ser de luz; soy un hombre que intenta amar bien mientras aprende. Quiero vivir mi hoy con la intensidad que produjo ese video, para gozar en la memoria lo que he vivido.

Vuelvo a tomar el celular y veo de nuevo el video. El corazón me salta de emoción. Con lentitud, pero decidido, lo borro. Una sonrisa se dibuja en mi rostro y una sensación de agradecimiento me recorre.

Lo valioso no es ese video. Lo más importante está grabado en mi memoria y en mi corazón, y podré verlo sin necesidad de la pantalla. Lo vivido con intensidad y amor se queda tatuado para siempre en uno. Me levanto, voy hasta donde está Alcy y le doy un beso apasionado. Y en ese gesto simple siento que la vida vale la pena. Quiero estar siempre presente para los que amo.

@Plinero