Esta semana quedó expuesta una verdad incómoda. Estados Unidos pidió apoyo para asegurar el estrecho de Ormuz, y Europa respondió con distancia: España rechazó participar en una operación militar, Francia dijo que no intervendría mientras siguieran las hostilidades, y la Unión Europea dejó claro que no tenía apetito para ampliar su misión naval hacia esa zona. Lo anterior fue la demostracion de una relación desconfiada, cansada y llena de reservas.
Y ahí aparece la pregunta de fondo: ¿todavía existe un proyecto común entre Europa y Estados Unidos? Porque una alianza de verdad no se mide solo cuando todo va bien. Se mide cuando el mundo se desordena, cuando los riesgos suben, cuando hay que decidir si se actúa o se mira para otro lado, y mas importante cuando estamos en problemas, se llama al amigo, y este aparece.
Durante décadas esa alianza funcionó porque cada uno aportaba algo distinto. Estados Unidos ponía el poder duro: capacidad militar, disuasión, inteligencia. Europa ponía legitimidad política, peso diplomático y orden legal. Uno empujaba la seguridad; el otro ayudaba a darle sentido y forma. No siempre estuvieron de acuerdo, pero había una convicción compartida: que defender ciertas libertades, ciertas normas y cierta idea de civilización valía el esfuerzo común.
Durante demasiado tiempo los líderes de Occidente hicieron lo más cómodo: mirar sin actuar. Dejaron crecer amenazas contra los valores que dicen compartir por miedo a la confrontación y al costo de defenderlos de verdad. Miraron en Venezuela mientras millones de personas eran empujadas al exilio. Miraron en Irán mientras la represión dejaba miles de muertos. Y miraron en Gaza mientras la destrucción y el desplazamiento masivo se volvían paisaje. El problema no fue solo la tragedia de cada caso. El problema fue la renuncia de quienes tenían la fuerza, la influencia y la obligación moral de impedir que esos horrores siguieran creciendo.
En ese vacío aparece Trump, con muy pocas formas, tomando decisiones unilaterales. Pero las malas formas de Trump no pueden convertirse en coartada para eludir una pregunta mucho más profunda: si Europa todavía está dispuesto a defender los valores que dice representar.
Ese es el punto central. Cuando uno es aliado y comparte una visión del mundo, no tiene que celebrar las formas para entender la necesidad del fondo. Sobre todo en un momento en que los vacíos no duran mucho: lo que Occidente no lidere lo ocuparán otros. Y cuando esos espacios los llenan China, Rusia o Irán, no llegan con más libertad bajo el brazo.
Por eso la discusión no es solo sobre Ormuz. Es sobre si Europa y Estados Unidos todavía quieren defender juntos algo más grande que sus diferencias. Porque ese proyecto comun no produjo solo una alianza militar, produjo el mayor espacio de libertad, democracia y paz que ha construido la historia humana, y eso es la que hay que defender ha muerte.
@MiguelVergaraC








