El 6 de junio de 1986 Ernst Nolte, historiador alemán con una notable carrera científica, publica en la sección cultural del Periódico General de Fráncfort (Frankfurter Allgemeine Zeitung) un artículo titulado “Pasado que no quiere pasar”. El subtítulo de este escrito rezaba: “Un discurso que pudo escribirse, pero no pronunciarse”. En el texto, el autor aboga por una suerte de revisionismo histórico inclinado a minimizar el carácter sui generis de los crímenes cometidos por el régimen nacionalsocialista. La explicación de los actos perpetrados por el régimen debía hallarse, a decir del historiador, en el temor asociado a la amenaza constante del comunismo soviético. La respuesta a esta proposición no se hizo esperar. Jürgen Habermas, quien en el año de 1986 se desempeñaba como profesor de la Universidad de Fráncfort y quien había cultivado una carrera prolífica en el ámbito intelectual y académico de su país, escribe una dura crítica al revisionismo histórico de Nolte. En el artículo que escribe como respuesta, Habermas se pronuncia en contra de las corrientes revisionistas y relativistas que algunos de sus contemporáneos sostenían, y aboga positivamente por una “apropiación crítica de la tradición”. Su respuesta vuelve a rescatar el valor ilustrado de la solidaridad: “una solidaridad, escribe en su artículo, que los nacidos posteriormente [a los hechos] solo pueden practicar en el medio de una memoria constantemente renovada, a menudo desesperada y en todo caso desasosegante”1. Tras la recepción de su escrito, se da inicio a lo que hoy es denominado como “la disputa de los historiadores”, una controversia que conmocionó a la República Federal Alemana y en la que el propio Habermas no cejaría de polemizar e intervenir como intelectual.
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No es mi propósito realizar alguna consideración substantiva sobre la significación histórica que puedan tener los hechos del pasado alemán para los propios alemanes. He querido, sin embargo, aludir a este episodio con el objetivo de hacer visible el impulso generacional que anima la filosofía de Jürgen Habermas. Una parte representativa de la intelectualidad alemana, cuya adolescencia y adultez temprana se desarrollaron en el marco político instaurado por el nacionalsocialismo, definió su identidad no solo con el rechazo de las acciones cometidas por el régimen, sino también con una contribución positiva al desarrollo de instituciones democráticas en la naciente República Federal. La figura de Habermas -el filósofo, sociólogo e intelectual- surge en este contexto histórico. Dado este marco generacional, no es difícil imaginarse el compromiso que en vida debió sostener nuestro autor con la vida política, de modo que para una caracterización general (y un poco apresurada) de su pensamiento, valdría presentarlo en términos de una filosofía de la democracia.
La trayectoria filosófica de este pensador comienza con la publicación de Historia y crítica de la opinión pública. En este estudio, situado a medio camino entre la sociología histórica y la filosofía social, Habermas invierte sus energías en seguir la formación, auge y decadencia de la esfera pública burguesa. Al autor le interesa sobre todo explicitar los principios que regían las interacciones desplegadas en el ámbito público burgués de los siglos XVIII y XIX. Aunque es cierto que el modo en el que efectivamente se desarrollaron estas prácticas tuvo una personalidad excluyente -siendo las mujeres y los obreros los principales afectados-, Habermas halla en ellas los principios y rudimentos de un diálogo libre de coacciones. Haciendo ciertos ajustes y matizando un poco, la afirmación de que la filosofía de Habermas -desde sus primeros trabajos, pasando por los dos volúmenes de la Teoría de la acción comunicativa, hasta llegar a Facticidad y Validez- se halla animada por la idea de que solo a través de una base discursiva es posible garantizar la libertad política y la legitimidad del derecho, no es incorrecta. El diálogo y la comunicación aparecerán como las categorías fundamentales de su teoría, y serán ellas el basamento de su empresa intelectual. En efecto, a Habermas puede adjuntársele entre aquella clase de filósofos que nunca se dieron por vencidos con los alcances de la razón humana. Para Habermas, los seres humanos adquieren, en el curso de la socialización, competencias lingüísticas que les permiten desempeñarse en las interacciones que establecen cotidianamente. En cada una de estas interacciones, se parte de un consenso base. Pero en el caso de que este consenso se problematice y entonces se resquebraje, debe iniciar un proceso discursivo en el que los participantes solo sientan la coerción asociada a la “coacción sin coacciones” del mejor argumento. Tal es la idea que, de un lado, anima la filosofía de Habermas y que, de otro, constituye la premisa fundamental de sus proyectos teóricos más conocidos.
El reciente fallecimiento del autor, el 14 de marzo de 2026, empero, deja abiertas cuestiones asociadas a la relevancia actual de su obra y pensamiento. La semblanza que intento hacer de este último en los párrafos anteriores debería servir al lector para barruntar de qué modo se conectan las abstracciones de un filósofo con la palmaria realidad social. A la idea de un intercambio de argumentos libre de coacciones, le hemos insuflado una energía cargada de utopismo. El blanco de la crítica consiste en el hecho de que, efectivamente, es difícil que los seres humanos arreglen sus asuntos a través de la mediación de la razón. Las pasiones, los caprichos y los oportunismos abundan tanto en la política como en la vida diaria. Creo, de todos modos, que todos juntos deberíamos plantearnos seriamente la cuestión de si es posible imaginar un estado de cosas radicalmente distinto y de si es posible orientar nuestros actos siguiendo esta supuesta vana abstracción. No creo, por otro lado, que el camino de la libertad se encuentre libre de escollos; no son infrecuentes los casos en los que aquella solo se logra tras haber restablecido una vida dañada, como aseguraría otrora Theodor Adorno. Una reflexión sesuda como la de Habermas, empero, puede ser un aliciente, un motivante del ejercicio público de la racionalidad. A la pregunta de por qué seguir leyendo a Habermas, pensando con y contra él, se responde aludiendo al nexo interno de su pensamiento con los valores democráticos que a todos hoy nos interesa defender.
Acercarse hoy a Habermas no es solo volver a un gran filósofo del siglo XX, sino reabrir una pregunta decisiva por las condiciones de la vida democrática. En un tiempo marcado por la polarización, la desinformación y el desgaste del debate público, su pensamiento nos recuerda que la libertad política exige ciudadanos capaces de argumentar, escuchar y someter sus convicciones a la fuerza del mejor argumento. Leer a Habermas, pensar con él y también contra él, sigue siendo, por eso, un ejercicio de crítica, memoria y responsabilidad democrática.
*Estudiante pregrado en Filosofía y Humanidades, Universidad del Norte.
Referencias: Müller-Doohm, S. (2020). Jürgen Habermas: una biografía. Trotta. p. 298








