Hay cosas que uno quisiera creer que están por encima de la guerra. El fútbol es una de ellas. No porque sea perfecto, sino porque pocas cosas logran lo que logra el fútbol: reunir a personas que no se parecen en nada alrededor de una emoción común. El fútbol une idiomas, banderas, generaciones y clases sociales. Nos permite gritar al lado del contrincante sin querer matarnos. Nos enseña que se puede sentir la rivalidad con intensidad sin convertir al otro en enemigo. Por eso duele ver lo que está pasando con la selección de Irán.
No por la discusión puntual de si va o no va al Mundial, sino porque es una muestra de que ni siquiera el fútbol, que nació para conectarnos, se salva de la guerra cuando la política decide invadirlo todo. Y eso debería preocuparnos mucho más de lo que parece.
Cuando un conflicto internacional termina poniendo en duda la presencia de una selección en la fiesta deportiva más grande del planeta, lo que se afecta no es solo un calendario. También se golpea una de las pocas cosas que todavía nos permiten encontrarnos sin destruirnos. El fútbol ha sido uno de esos espacios. Un gol se celebra igual en cualquier parte del mundo. Un niño entiende una pelota antes que un país. Una camiseta puede despertar orgullo sin alimentar odio. Esa ha sido siempre la fuerza silenciosa del fútbol.
Lo más triste es que mientras los gobiernos amenazan, calculan y atacan, los jugadores iraníes sí quieren participar. Y eso importa. Porque para ellos un Mundial no es un trámite diplomático. Es la cima de una carrera. Es el sueño por el que se entrenan durante años. Es el momento que resume una vida entera de esfuerzo.
Y no son solo ellos. Seguramente para millones de iraníes, en medio de una situación tan dura e incierta, ver a su selección en el Mundial también sería un alivio. No cambiaría la realidad. No acabaría la guerra. Pero sí podría regalar un respiro en tiempos oscuros. Una alegría compartida. Un momento de unidad cuando todo alrededor parece romperse.
Eso también hace el fútbol. Y por eso importa tanto. No porque sea ajeno a la política, sino porque, incluso en medio de sus contradicciones, todavía conserva una promesa valiosa: demostrar que la diferencia no tiene por qué terminar siempre en tragedia.
Si hasta el fútbol termina atrapado por la guerra, entonces ya no estamos hablando solo de política internacional. Estamos hablando de un mundo al que le está costando cada vez más convivir, incluso en los pocos lugares donde antes todavía era posible encontrarse. Ojalá Irán sí vaya al Mundial, juegue contra Estados Unidos y antes del pitazo inicial haya un abrazo entre los jugadores. No resolvería nada, pero sí mandaría un mensaje poderoso: que incluso cuando la política divide, el fútbol todavía puede servir para acercar.
@MiguelVergaraC


