Esta semana me encontré con un titular que me dejó pensando: “La primera generación menos inteligente que la anterior”. Así, sin anestesia. Cuando me metí más en el tema, hablaban de la caída en los resultados en temas como matemática y lectura por primera vez en décadas. La conclusión implícita era dura: esta generación es más bruta.
Y antes de aceptar esa premisa, quise analizar la vida de hoy: a la hora de la comida con los niños, siempre están pidiendo alguna pantalla. Los adolescentes estudian con el teléfono lejos, convencidos de que así no lo mirarán, pero cada vibración los desconcentra igual. Y lo veo en nosotros mismos, que podemos estar en una reunión, pero suena el celular y lo miramos mientras alguien más habla. Nos preguntamos por qué no recordamos bien algunos momentos, y no es falta de capacidad: es que la atención está fragmentada.
Entonces la pregunta cambia. ¿Somos menos inteligentes o estamos viviendo en un mundo que nos lleva a la distracción todos los días y que nos evita profundizar? Yo no veo una generación menos capaz. Veo a mis hijos aprender herramientas tecnológicas en un par de días y usando plataformas que para muchos adultos son un misterio. Capacidad hay; lo que está en riesgo es el foco, lo que nos da profundidad y pensamiento crítico.
En Colombia, cada vez que salen los resultados de PISA nos indignamos, buscamos culpables y pedimos reformas. Pero casi nunca nos preguntamos si el modelo de educación está preparado para la nueva realidad, para adaptarse a la era de la hiperconexión y la distracción. No pareciera. Nuestros jóvenes viven en un mundo digital donde se compite por atención cada segundo, mientras la educación sigue funcionando como si nada hubiera cambiado en décadas. Necesitamos que el sistema sea atractivo y responda a esa realidad.
El verdadero reto hoy no es la información; es el foco, la atención sostenida. Y el pensamiento crítico nace ahí. No es repetir conceptos ni memorizar datos. Es leer completo antes de opinar. Es contrastar fuentes antes de compartir. Es tener una conversación sin mirar el celular cada cinco minutos. Es usar la inteligencia artificial para profundizar, no para copiar y pegar sin revisar si tiene sentido. De nada sirve que la educación le declare la guerra a la tecnología, esa guerra está perdida. No hay que prohibirla, sino enseñar a usarla con criterio. Cómo formar jóvenes que sepan preguntar mejor, verificar mejor, decidir mejor. Cómo convertir la tecnología en herramienta y no en atajo mental.
El mundo no va a desacelerar. Las redes sociales y la inteligencia artificial ya están transformando todo. Si no adaptamos la educación para entrenar la concentración, el foco y el pensamiento crítico, no perderemos por falta de talento, perderemos por distracción. No estamos criando una generación más bruta, sino una generación desconcentrada. El debate no es si la juventud es menos inteligente; es si nosotros lo somos para educarlos mejor, incluso cuando la pantalla está al frente.








