Es muy común que nos detengamos antes de comenzar algo, y no precisamente porque no tengamos unas metas claras, sino porque a veces nos enfocamos en todo lo que nos podría salir mal. Los obstáculos aparecen en nuestra mente aún antes de que exista un plan y sin darnos cuenta, convertimos el miedo en un freno. Pero quienes avanzan no son los que tienen menos dificultades, sino aquellos que deciden no dejar que nos desenfoquen.

Para avanzar, requerimos contar con una visión clara, no basta con desear algo intensamente, es necesario saber hacia dónde vamos y qué tipo de acciones, hábitos y actitudes necesitamos para llegar ahí. Cuando nuestra atención la mantenemos en el objetivo, los problemas dejan de ser grandes muros y se transforman en retos manejables.

Pensar de manera positiva no significa cerrar los ojos ante la realidad, significa observarla con honestidad y aún así creer que existe un camino posible. Las personas que alcanzan grandes logros analizan su situación, reconocen lo difícil del trayecto y se preparan, investigan, planean y ajustan su estrategia según los recursos y el tiempo del que disponen. Saben que el camino exigirá esfuerzos y no se rinden ante el primer tropiezo.

Los desafíos no son una señal de que vamos por el camino equivocado, son parte natural del proceso, cuando los tenemos en cuenta, dejan de sorprendernos y comienzan a animarnos. Cada dificultad superada nos fortalece la confianza y nos demuestra que avanzar es posible, incluso cuando todo parece indicar lo contrario.

Cuanto más grande es nuestra meta, mayor debe ser nuestro compromiso. En lugar de repetir una y otra vez lo difícil que es lograrlo, es más poderoso preguntarnos qué necesitamos para volverlo realidad. Cuando miramos de frente las barreras y diseñamos un plan concreto, cambia por completo la percepción de ese reto.

La clave está en no permitir que los obstáculos se conviertan en el centro de nuestra atención; cuando nos enfocamos sólo en la dificultad, ésta crecerá. Cuando nos enfocamos en nuestra visión, encontraremos una justa dimensión. Recordemos siempre cómo nos sentiremos al llegar a esa meta, cómo cambiará nuestras vidas y por qué valió la pena el esfuerzo.

Al final, no se trata de eliminar los obstáculos, sino de evitar que se conviertan en el centro de nuestra historia. Cuando mantenemos viva la imagen de lo que queremos lograr y recordamos por qué comenzamos, encontramos la energía para continuar, incluso en los días más difíciles. Porque avanzar no siempre es rápido y fácil, pero siempre es posible cuando decidimos no detenernos.

@henrydelae