El fenómeno comunicacional de Bad Bunny sigue siendo un enigma para muchos analistas de comunicación y estrategas de marketing. No porque no lo vean, sino porque no saben desde dónde mirarlo.
¿Cómo se explica que un joven que mezclaba ritmos en una laptop mientras empacaba mercados en un supermercado, que estudió y abandonó la universidad, se haya convertido en la voz latina más potente de visibilización cultural del planeta? ¿Cómo entender que alguien criticado por su vocabulario limitado, por letras cargadas de groserías y expresiones soeces, sea hoy símbolo de resistencia cultural, libertades individuales, empoderamiento, perseverancia y orgullo identitario?
Para el analista tradicional, Bad Bunny es un error del sistema. Para el intelectual clásico, una anomalía. Para algunos activistas políticos, un vocero superficial. Pero el problema no es Benito. El problema es el marco teórico desde el cual se le juzga.
Muchos siguen aferrados a una era analógica que ya no existe. A una lógica donde el mensaje debía ser correcto, pulido y elevado para ser legítimo. Pero como advertía Marshall McLuhan, “el medio es el mensaje”. Y el medio cambió de forma radical.
Hoy la comunicación ya no se procesa desde la literalidad. El mensaje no vive solo en el texto, sino en el contexto. En lo que se ve, se escucha, se recuerda y se contrasta segundos antes y después en un ecosistema de pantallas.
Benito conoció las reglas antes de romperlas. Estudió comunicación. Comprendió la estructura clásica del mensaje y luego decidió desmontarla desde la experiencia emocional de su generación. No comunica para ser analizado; comunica para ser sentido. Ahí radica su poder.
Su mensaje no se entiende leyendo o escuchando letras aisladas. Se comprende dentro de un sistema omnicanal donde ritmo, música, vestuario, baile, imagen, actitud, redes, relaciones, silencios y gestos construyen sentido.
Por eso no es menor que este fenómeno haya alcanzado el domingo pasado el escenario más visto en vivo de la historia: el Super Bowl. No como logro musical aislado, sino como confirmación simbólica de un cambio de era.
Las reglas cambiaron. Simplemente dejaron de servir. El mensaje dejó de ser académico y pasó a ser emocional.
Mientras algunos expertos siguen preguntándose por qué Bad Bunny comunica, millones de jóvenes ya tienen la respuesta: porque no les habla desde arriba, les habla desde adentro.
Y quizás ahí está la lección más incómoda para la industria, la academia y los opinadores profesionales: que en esta nueva anatomía del mensaje, entender menos de teoría y más de gente es lo que realmente marca la diferencia.
@eortegadelrio


