La promiscuidad se define, en términos generales, como la práctica de mantener relaciones sexuales con diferentes personas de manera constante, inestable y sin vínculos afectivos profundos. A esta conducta se le ha señalado históricamente como un factor de riesgo para la transmisión de infecciones y enfermedades de transmisión sexual. Sin embargo, en tiempos recientes, esta lógica parece haberse trasladado —con alarmante naturalidad— al escenario político.
Hoy asistimos a un fenómeno que bien podría denominarse promiscuidad política. Ya no se trata de convicciones, principios o coherencia ideológica. Lo que prima es la conveniencia. Hay quienes sostienen relaciones íntimas, estratégicas y comerciales con distintos políticos y partidos, sin importar el color, el discurso o el supuesto proyecto de país que representen. La ideología y la militancia parecen haber quedado relegadas al anecdotario histórico, como piezas de museo que se observan con nostalgia, pero que ya no se practican.
En la política contemporánea, lo “moderno” es acercarse al partido que tenga mayor posibilidad de éxito electoral, al que prometa avales, contratos, cargos o visibilidad. El partido más atractivo, el que concentra poder y votos, se convierte en una especie de “macho alfa” de la política: dominante, deseado y rodeado de oportunistas dispuestos a entregarle lealtades efímeras a cambio de beneficios inmediatos.
Así, se tejen alianzas tan frágiles como interesadas. Hoy se jura amor eterno a un movimiento y mañana se le abandona sin pudor alguno si aparece una opción más rentable. La promiscuidad política es, en esencia, el arte de relacionarse con todos los partidos según la conveniencia del momento. No hay compromiso, solo cálculo; no hay ideales, solo expectativas personales.
Este comportamiento se asemeja peligrosamente a una forma de prostitución política, donde un contrato, un nombramiento o la simple posibilidad de ser elegido se convierten en motivo suficiente para cambiar de camiseta sin el menor remordimiento. El discurso se adapta, la memoria se borra y la coherencia se sacrifica en el altar del oportunismo.
El problema no es solo ético, sino profundamente democrático. Cuando la política se reduce a un mercado de favores y ambiciones individuales, el electorado queda relegado a un papel secundario, engañado por discursos que se reciclan según la ocasión.
La promiscuidad política no solo degrada a quienes la practican, sino que erosiona la confianza ciudadana y vacía de contenido la verdadera representación política.








