La ansiedad y la depresión no afectan únicamente a quien las padece; cuando entran en una relación de pareja, transforman la dinámica emocional, la comunicación y la intimidad de la vida conyugal. Muchas parejas llegan a consulta convencidas de que “ya no son las mismas”, sin notar que el verdadero cambio lo ha provocado un malestar emocional no atendido.

Cuando uno de los miembros vive con ansiedad, la relación suele teñirse de hipervigilancia y temor. Aparecen la necesidad constante de confirmación, los celos, la preocupación excesiva y los conflictos por malentendidos. La persona ansiosa teme perder a su pareja y con el tiempo, puede sentirse agotada o emocionalmente presionada.

La depresión, en cambio, suele manifestarse de forma más silenciosa pero igual de dolorosa. Aparecen la apatía, el retraimiento emocional, la pérdida de interés y la disminución del deseo sexual. Muchas parejas describen esta experiencia como convivir con alguien que “ya no está”. Quien acompaña a una persona con depresión puede experimentar frustración, impotencia y soledad emocional, aun estando en la relación.

Un riesgo frecuente es el desequilibrio de roles. La pareja puede asumir sin darse cuenta funciones de terapeuta, cuidador o salvador emocional. Aunque el apoyo es fundamental, cuando uno se anula para sostener al otro, la relación pierde reciprocidad y termina desgastándose. Amar no es rescatar ni cargar con todo.

La culpa y la vergüenza también juegan un papel importante. Quien sufre ansiedad o depresión puede sentirse una carga y optar por callar su malestar. A su vez, la pareja puede evitar hablar del tema por miedo a empeorar la situación. Este silencio, lejos de proteger, profundiza el aislamiento emocional.

La intimidad y la sexualidad también suelen verse afectadas. La disminución del deseo o la desconexión corporal no responden a falta de amor, sino al peso del malestar emocional. Cuando esto no se dialoga, surgen interpretaciones erróneas que aumentan la distancia afectiva. Desde la práctica clínica, algunos principios ayudan: nombrar lo que ocurre, evitar personalizar los síntomas, establecer límites sanos, buscar ayuda profesional y sostener pequeños rituales de conexión cotidiana. La terapia individual y de pareja puede ofrecer contención y orientación.

Finalmente, es clave recordar que la relación también necesita cuidado. El autocuidado del acompañante no es egoísmo, sino una forma de proteger el vínculo. La ansiedad y la depresión no definen a la persona ni condenan a la pareja, pero sí exigen conciencia, diálogo y mucho apoyo.

Una relación sana no es aquella donde no hay sufrimiento, sino aquella donde el malestar no se vive en soledad y donde ambos aprenden a caminar juntos sin perderse a sí mismos.

@drjosegonzalez