Jorge Luis Borges y Juan Rulfo decidieron morirse el mismo año. De eso hace ya cuatro décadas. Rulfo se fue con algo de prisa el 7 de enero, en Ciudad de México, Borges esperó hasta el amanecer del sábado 14 de junio para marcharse en Ginebra, lejos del sur de sus compadritos, 15 días antes de que su compatriota Diego Maradona abrazara la gloria en el Estadio Azteca frente a los alemanes.
Un argentino y un mexicano, dos de los más grandes escritores de América Latina en toda su historia. Ambos maestros de Gabo. Ángel Rama los situó en esquinas opuestas de la vanguardia continental. Un argentino cosmopolita, un mexicano transculturador. Hoy podríamos verlos, simplemente, como dos caras distintas de una misma creación verdadera. Distintos solo en las formas, idénticos en la genialidad. No recibieron el Nobel por la misma razón: el Nobel no los merecía.
Borges ubicando sus ficciones conceptuales en Europa, en Asia, en cualquier parte del ancho mundo, con la misma visión universal que aprendió de su maestro mexicano Alfonso Reyes. Rulfo creando ese espacio mitológico fuera del tiempo que algunos llaman Comala, o narrando los cuentos de El llano en llamas en espacios rurales, marginados, habitados por el olvido y la desolación.
Un porteño de palabra fácil, a quien en más de una ocasión se le fue la lengua. Un jalisciense de pocas palabras, que rehuía las entrevistas, que precisaba de unos buenos pulques para atreverse a leer sus propios cuentos. El primero, sobreprotegido en la infancia por Leonor Acevedo y por la abuela Fanny Haslam, una viuda inglesa de 32 años que lo llamaba Georgie. El segundo, desprotegido, maltratado en la soledad de un orfanato en Guadalajara, pues la infame violencia y el fanatismo de los Cristeros lo dejó sin parientes a muy corta edad.
Borges, que aborrecía la novela, leyó la novela de Rulfo, e incluyó a Pedro Páramo en el plan de publicación de su Biblioteca Personal. Así mismo, el crítico Rafael Olea Franco, investigador de El Colegio de México, en un texto que titula “Borges y Rulfo: otro diálogo posible” propone la hipótesis de que Rulfo fue un aventajado lector del joven Borges. En su estudio, Olea pone en evidencia, con lujo de detalles, el influjo del cuento de cuchilleros “Hombre de la esquina rosada” en el relato rulfiano “La Cuesta de las comadres”.
Quizá el sur de Borges sea el mismo que aparece como un guiño de ojo en el inicio de otro de los cuentos de Rulfo: “De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso”. No cabe duda, Borges y Rulfo son, como lo dijo con acierto Augusto Roa Bastos, los dos mayores narradores de la literatura hispanoamericana; ambos de obras extremadamente condensadas, las más despojadas, antibarrocas por excelencia; el uno de origen y formación cultural europeos, que escribía en Buenos Aires o en la Biblioteca de Babel; el otro, de raigambre mestiza, que escribía en México con la entonación oral y coloquial de la gente del campo traspuesta a una escritura de asombroso refinamiento.
No estaría mal un brindis para conmemorar a este par de genios, quizá un Malbec de Mendoza, o un mezcal de Oaxaca…








