Nada más popular en época electoral que sorprender a la opinión pública con medidas que despiertan el furor intestinal y los aplausos fáciles. Propuestas ruidosas, efectistas y vacías que buscan titulares y votos, no soluciones reales ni transformaciones de fondo.
Bajarles los ingresos a los congresistas es tan necesario como disminuir el número de curules de quienes deberían actuar como padres de la patria y guardianes de la democracia, pero que en la práctica se dedican a la politiquería y a legislar en favor de intereses particulares. Al pueblo solo lo miran en campaña, en la antesala de las elecciones.
El problema no es solo cuánto ganan los congresistas, sino cuánto le cuestan al país cuando legislan de espaldas a la gente, normalizan el abuso del poder y convierten la representación política en un negocio personal que se hereda, se negocia y se defiende con cinismo. Es una responsabilidad histórica exigirles cuentas, memoria y coherencia, antes de aplaudir consignas huecas.
Campañas, caravanas, influencers, promesas, alianzas y discursos con fórmulas mágicas para salvar el país, la vida y la dignidad. Toda una tramoya de argumentos utópicos pronunciados por personajes distópicos, verdaderos habladores de excremento. Para ser congresista debería exigirse conocimiento de la Constitución, formación cívica, ética pública y valores morales.
Lastimosamente, hoy basta con ambición desmedida, una flotilla de camionetas de alta gama rotuladas con nombre, rostro y número, y una chequera generosa. Se requieren recursos económicos y “amigos” dispuestos a invertir en campañas con la promesa de favores futuros.
Las instituciones del Estado se reparten entre los elegidos y lo invertido debe recuperarse con creces. Quien paga para gobernar, gobierna para robar. Así se perpetúa un círculo vicioso que corroe la democracia desde adentro.
La democracia no se destruye de un día para otro; se erosiona lentamente cuando el ciudadano renuncia a pensar, a exigir y a vigilar. Cada voto entregado por un favor, por miedo o por costumbre fortalece a quienes han convertido el poder público en un negocio privado.
Mientras tanto, un pueblo sumiso, empobrecido y atrapado en la ignorancia es seducido con conciertos, dádivas y aumentos salariales que jamás alcanzan para salir de la pobreza estructural en la que lo mantienen los corruptos, que depredan los recursos de la salud, la educación y los servicios públicos esenciales.
Recuerde que, mientras ser elegido congresista sea una patente de corso para la corrupción y el abuso de poder, nada cambiará. Mucho cuidado al elegir: vender el voto es una pésima decisión.
¡No ponga su voto en un saco roto! No contribuya a la corrupción.
Vote con conciencia y elija, en la medida de sus posibilidades, la mejor opción.
@oscarborjasant


