El año comenzó con varios hechos inquietantes: desbordes autoritarios, tensiones irresueltas, torpezas económicas y declaraciones incendiarias. No hace falta entrar en detalles; basta con revisar los titulares para percibir un desbarajuste general.

El problema no es solo lo que ocurre, sino el lugar que esos sobresaltos ocupan en la vida cotidiana. Cuando la atención se fija en exceso en aquello que no controlamos, la rutina empieza a enturbiarse. El trabajo, las relaciones personales y hasta los momentos de descanso se ven mediados por un desasosiego permanente, como si cada instante exigiera estar en guardia frente a un peligro inminente.

En ese contexto, quizá valga la pena acudir al estoicismo clásico. No el estoicismo entendido como frialdad o indiferencia, sino el que se formuló como una respuesta para enfrentar la vida. El estoicismo surge en la Grecia antigua y alcanza su madurez en Roma, en una época —como todas— colmada de guerras e inestabilidad política. Epicteto, Séneca y Marco Aurelio no escribieron para tiempos plácidos. Su preocupación central no era transformar el mundo, sino enseñar cómo habitarlo sin quedar a merced de sus vaivenes.

La idea fundamental es sencilla: distinguir con claridad entre aquello que depende de nosotros y aquello que no. Dependen de nosotros nuestras decisiones, nuestras actitudes, nuestros juicios y la forma como interpretamos lo que ocurre. No dependen de nosotros, por ejemplo, los acontecimientos políticos, las decisiones económicas de gran escala ni el comportamiento de los demás. La ansiedad surge cuando confundimos esos dos ámbitos y pretendemos controlar lo incontrolable.

Lejos de promover la pasividad, el estoicismo enseña que no todo merece nuestra angustia, que la serenidad no es resignación y que la lucidez exige tomar distancia del ruido. No invita a desentenderse de la realidad, sino a relacionarse con ella sin permitir que cada sobresalto gobierne el ánimo. Vivimos tentados a opinar de inmediato, a indignarnos sin pausa y a cargar emocionalmente con problemas que exceden nuestra capacidad de acción. Eso no nos hace más conscientes ni más comprometidos, solo más vulnerables al desgaste.

No es tiempo de certezas, pero sí puede ser tiempo de recuperar una antigua lección: aceptar que el verdadero dominio no está en los acontecimientos, sino en la manera como los juzgamos. Como escribió Marco Aurelio en sus Meditaciones: «Si te afliges por algo externo, no es eso lo que te perturba, sino el juicio que tienes sobre ello; y este juicio está en tu poder suprimirlo». Podemos elegir no vivir secuestrados por lo que no podemos controlar.

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