Un nuevo orden mundial exige decisiones firmes y sin ambigüedades. No puede haber espacio para narcoterroristas disfrazados de gobernantes ni para dictaduras que se sostienen mediante fraudes electorales y campañas financiadas con dineros manchados de sangre. Permitirlo es legitimar la barbarie.

Ninguna causa, ningún discurso social ni ningún relato ideológico puede justificar la opresión de pueblos enteros sometidos al arbitrio de intereses individuales.

La historia ha demostrado que la ignorancia es el caldo de cultivo perfecto para que el populismo, disfrazado de socialismo redentor, llegue al poder prometiendo igualdad y justicia social, solo para atornillarse al Estado, destruir las instituciones y perpetuar la miseria. Cuando el crimen organizado se funde con el poder político, el resultado es un narco Estado que gobierna mediante el miedo, la corrupción y la violencia.

En ese contexto, la decisión de Estados Unidos de avanzar en la captura de Nicolás Maduro por delitos asociados al narcoterrorismo constituye un mensaje claro y necesario: nadie está por encima de la ley. El pseudo socialismo que sirve de fachada a redes criminales debe ser erradicado de todos los rincones del planeta. La justicia internacional no puede seguir mirando hacia otro lado mientras millones de ciudadanos padecen hambre, exilio y represión.

Asimismo, los gobiernos que demuestran falta de carácter y compromiso real en la lucha contra el narcotráfico no pueden ser tratados con indulgencia. Si se comprueban nexos entre altos funcionarios y organizaciones narcoterroristas, deben ser capturados y llevados ante la justicia, sin importar el cargo que ocupen ni el país que gobiernen. El narcoterrorismo es un delito de lesa humanidad y todo jefe de Estado tiene el deber moral y jurídico de combatirlo, no de beneficiarse de él.

La captura de Maduro destaca la importancia de la justicia internacional. Muchos líderes en el mundo han sido responsables de actos atroces, pero la comunidad internacional ha comenzado a actuar, mostrando que ya no hay lugar para la impunidad, y dando esperanza a los ciudadanos venezolanos, quienes han sufrido bajo su régimen, enfrentado crisis económicas y sociales. La salida de Maduro podría permitir que un nuevo liderazgo surja y trabaje por el bienestar del pueblo. Esto no solo beneficiaría a Venezuela, sino que también podría inspirar a otros países en situaciones similares a luchar por sus derechos. La esperanza de un cambio real se convierte en una posibilidad tangible.

Por ello, esta captura llevada a cabo por el gobierno de Donald Trump es un recordatorio de que la justicia siempre prevalece. A medida que se avanza hacia un futuro sin corrupción ni narcotráfico, es vital mantenerse firmes en la lucha por la verdad y la justicia. La comunidad internacional debe apoyar este movimiento y garantizar que aquellos que cometen crímenes no queden sin castigo.

La justicia, aunque a veces tarde, siempre encuentra la manera de abrirse paso. Su avance representa esperanza para los pueblos sometidos y una advertencia para los tiranos. Que el peso de la ley caiga sobre los dictadores y gobernantes criminales. Y que quienes hoy se sienten intocables entiendan el mensaje de los Estados Unidos: “más temprano que tarde deberán cuidar su trasero”.

Este es un llamado a los ciudadanos del mundo a no normalizar la corrupción ni el autoritarismo, a informarse, a exigir rendición de cuentas y a rechazar con firmeza cualquier régimen que convierta al Estado en una empresa criminal al servicio de unos pocos, sin excusas ni miedo.

@oscarborjasant