Finalizando el 2025 recibí un mensaje vía whastApp de un candidato al Senado de la República seguramente enviado a otros 5.000 incautos creyendo que cada mensaje era un voto cautivo para las próximas elecciones de marzo de 2026. Como diría Julio César en Roma: lo vi, lo leí y lo borré, con tanta firmeza para no dejar huellas que me hiciera dudar del contenido del mismo y le permitiera a mi cerebro caer en esa trampa diabólica de un personaje que días antes traté de ubicarlo telefónicamente y no me respondió, en esta época preelectoral, desconociendo que el camino es largo y culebrero.
Sin ser un experto en grafología pero con elementales conocimientos del marketing político, siento que se trata de un acto publicitario, sin ningún asomo de amistad, carente de sinceridad y de la humildad que debe tener todo candidato en la conquista del voto, pues la política no es una actividad comercial en un mercado del pueblo, sin liderazgo ético. Si bien, como dice Hélder Prior: “la actividad política abarca la composición y el maquillaje, la fabricación de imágenes que tienen como objetivo captar la atención del público”. La política es un espectáculo teatral, pero dicha actividad no puede convertirse en una carpa de circo de dos enanos y un payaso, sino en algo mucho más serio donde está de por medio el futuro y el bienestar de una comunidad, dentro de una campaña lúdica con estrategia de persuasión y seducción electoral bajo el binomio: poder político- poder mediático.
La vida es una fiesta de disfraces como dice el escritor Kafka; en la política hay que mostrar tu rostro real, para no ver la falsedad social en un mundo donde todos parecen llevar máscaras.
Por eso, en el marketing político moderno se recomienda volver a los mensajes al estilo Telecom y a las cartas firmadas con el puño y letra del candidato para mostrar la parte humana y el sentimiento de amistad, no el Gif, como animación online, que no reemplaza el calor humano de un líder confiable que camina desprevenidamente por las calles polvorientas del pueblo y saluda a la gente en una avenida congestionada, sin maquillaje.
El puerta a puerta, acompañado con una sonrisa sincera y la humildad a flor de piel del candidato, buen humor y divertido, vende más que andar en una camioneta blindada y con vidrios oscuros marca Toyota Land Cruiser 300 o una Sahara 2025.
Sin embargo, no debe confundirse la humildad con la pobreza. La primera abre puertas; la segunda, las cierra, pues nadie se sube al bus más destartalado y varado por gasolina.
@FcuelloDuarte








