Para pensar en cómo podríamos transformar a Colombia, deberíamos partir de un diagnóstico básico: aunque existan análisis más complejos, el punto de partida es que el país se desconoce a sí mismo. Ese desconocimiento alimenta rivalidades profundas que nos impiden explorar alternativas más originales y ajustadas a nuestro contexto. Si de verdad quisiéramos transformar a Colombia desde un lugar centrado en el ser humano, el diálogo y el desarrollo, tendríamos que ampliar nuestra visión de lo que somos como país, conversar con personas de todas las regiones, con sus distintas formas de vida y de comunidad, y comprender que todos los dolores que atraviesan esta tierra tienen una razón de ser.
Este año, que ya entra en su recta final, viví una de las experiencias más enriquecedoras que puede tener un colombiano. Participé en el programa Liderando a Colombia del Aspen Institute, un escenario que me permitió reconocer la diversidad del país y abordarla desde la comprensión de que en esta tierra somos muchos y cabemos todos. Fue una inmersión de reflexión profunda y de diálogo “brutalmente honesto” —como diría un gran amigo que me dejó este espacio— en la que los corazones se abrieron para hablar desde la verdad propia, esa que tantas veces ignoramos, apagamos u ocultamos porque, con el paso del tiempo, los afanes, las obligaciones o la ambición de llegar a la cima pueden opacar nuestras convicciones más genuinas.
En este programa se derrumbaron narrativas que, extrapoladas a la realidad nacional, revelan que en Colombia hay tantas verdades como personas, y que uno de nuestros mayores dolores radica en algo que se ha vuelto una afición: restarle mérito y valor a quien piensa distinto. Y aunque parezca elemental, la gran pregunta que deberíamos hacernos como individuos y como país es por qué nos cuesta tanto dialogar con quienes tienen una visión diferente.
Tal vez la clave para transformar a Colombia esté en buscar activamente conversaciones más profundas, menos mecánicas y con personas que nos recuerden que el país va mucho más allá de nuestro círculo cercano —cualquiera que este sea—. Y quizá allí se encuentre también un punto decisivo para nuestro desarrollo: si no sabemos ni somos capaces de dialogar, ¿cómo podemos entender lo que necesita Colombia?, un país tan variopinto y único que debería replantearse si los modelos importados realmente corresponden a las singularidades de estas tierras. Es una reflexión que me gustaría dejarles a los lectores de esta columna, con la plena convicción de que tener conversaciones difíciles —con la mente y el corazón abiertos— solo traerá efectos positivos para su vida y para sus comunidades.
Quiero agradecer a mis 23 compañeros de programa, verdaderos agentes de transformación cuyas experiencias de vida engrandecen a este país; a los moderadores que nos guiaron para sostener conversaciones difíciles y profundas; y a Aspen Colombia y a su director, Pablo Navas, por liderar un espacio que está, y seguirá, dando tantos frutos.
@tatidangond








