Hay dolores que un país no debería sentir jamás. Pero esta semana, Colombia sintió uno brutal: el de sospechar que quienes juraron protegernos pudieron haber jugado para el otro lado. Eso ya no es miedo. Eso es traición.

Lo que se reveló no es un rumor ni una exageración: son los archivos del computador de un jefe de disidencias, archivos que estuvieron en manos del Estado durante un año, y cuyos indicios apuntan a favores y acercamientos que nadie quiso explicar. Doce meses en silencio mientras soldados y policías seguían en operaciones sin saber si alguien, desde adentro, estaba filtrando información. Y cuando al fin estalla todo, estalla por televisión.

Y mientras la explosión informativa sacudía al país, el Gobierno decidió mirar hacia la CIA, hacia conspiraciones externas. Como si allá estuviera la trama, cuando son los propios archivos nacionales, los que estaban dentro de un computador que perteneció a un jefe de disidencias, los que levantan las alarmas.

Y entonces volvemos a lo esencial: ¿qué siente hoy un soldado? Ese muchacho que carga 25 kilos de equipo, que duerme en el barro, que camina días completos, que enfrenta emboscadas y que ahora descubre que, mientras él arriesgaba la vida, otros, posiblemente desde un escritorio en Bogotá, podían estar acercándose a quienes intentan matarlo. ¿Qué siente un policía que patrulla solo de madrugada, que hace retenes con miedo, que sostiene a su familia con un sueldo que no alcanza? ¿Qué siente cuando sospecha que la información que recibe puede estar contaminada? Eso no es una falla técnica.

Eso es cruzar la línea que nunca se puede cruzar en una nación.

Porque un país puede soportar gobiernos erráticos, reformas mal hechas, discursos inflamados, pero no puede soportar que la deslealtad nazca desde adentro. No puede aceptar que el jefe de inteligencia se entere por televisión. No puede permitir que la traición genere menos escándalo que la empresa periodística que la revela.

Y lo más doloroso es esta sensación de abandono; la de un Estado que parece tener más dudas sobre quien investiga, que sobre los hechos que necesitan explicación. Yo entiendo que cada gobierno tiene derecho a elegir a sus aliados. Pero si esos aliados terminan más cerca de las disidencias que de la patria, la pregunta se vuelve inevitable: dime con quién andas y te diré de qué lado estás.

La línea está rota. Y si no la reparan con verdad completa, sin excusas, sin desvíos, sin minimizar lo que importa, entonces no se romperá solo una institución: se romperá la confianza; se romperá la lealtad; se romperá la patria. La pregunta es simple y brutal. ¿Quién está con Colombia y quién no? Porque mientras unos juegan a otra cosa, hay miles poniendo el pecho. Y es a ellos a quienes este país les debe la verdad.

@MiguelVergaraC