La gran tragedia de un líder es tener fanáticos que lo sigan. Esos seguidores, incapaces de ver la realidad, lo endiosan y le hacen creer que siempre tiene la razón, que nunca se equivoca y que merece adoración ciega. Digo que es una tragedia porque esto lo lleva a perder la cordura y pone en riesgo su salud mental. Al creerse infalible, termina diciendo cualquier cosa, acusando a los demás de sus errores y dilapidando las cualidades que le permiten ejercer ese rol de liderazgo. A los líderes hay que confrontarlos, criticarlos y hacerles saber en qué fallan. Solo en la medida en que entiendan que son proclives al error —como cualquier humano—, podrán estar atentos a no equivocarse. Tener cerca a quienes los miren a los ojos y les digan la verdad, les garantiza encontrar mejor los caminos de la realización. Benditos quienes cuentan con alguien que los critique con amor.
La adoración se paga con soledad. Comúnmente los idolatrados terminan sin ser realmente amados por alguien y convertidos en tontos útiles de los intereses de sus áulicos. No me sorprende que estos ídolos acaben enfermos de soberbia y viviendo en un mundo fantástico e irreal. Quien se cree perfecto y bueno, termina desconociéndose.
Si algo me fascina del Nuevo Testamento es que no hay personas sagradas. El propio Jesús solo se atribuyó el título de “Hijo del hombre”, que podríamos entender como “el humano”. El único sagrado, y por lo mismo el único perfecto, es Dios. Todos los demás, sus criaturas, somos relativos y necesitados.
Sé que recibir elogios, aplausos y venias acaricia el ego y lo hace crecer. Pero también sé que el ego es un relato mentiroso que inventamos para no ahogarnos en el mar de inseguridades e inferioridades que cargamos. Entre más pequeño sea el ego, más sanos seremos, porque nos habremos aceptado tal cual somos: única posibilidad de realización verdadera. El poder —sea político, religioso o económico— atrae cortesanos incapaces que buscarán recursos de cualquier tipo para sostenerse.
Por ello, lo peor que le puede pasar a un líder es creerse los elogios de los palatinos, porque lo que en realidad buscan es manipularlo. La mayoría no lo admira; disfrutan del poder que tiene y del que les puede otorgar. Ese ideal de líder invulnerable, que sale ileso de todas las batallas y parece inmune a todo, no solo es dañino, sino también una expresión de la manipulación humana. No pienso en nadie en particular: pienso en mi propio liderazgo y en mi necesidad de reconocer mis limitaciones y fragilidades, aceptando que las críticas que me hacen quienes me aman, son demasiado valiosas.
@Plinero