El turismo es una de las principales apuestas de la región Caribe para impulsar su desarrollo económico y social. El potencial es innegable: paisajes únicos, un patrimonio cultural diverso y una gastronomía tradicional, además de una posición geográfica estratégica que conecta a Colombia con el mundo.

Sin embargo, las cifras más recientes generan alertas. La Encuesta Mensual de Alojamiento (EMA) del DANE reveló que en el primer semestre de 2025 la ocupación hotelera nacional fue de 49 %, estable frente a 2024, aunque con caídas en el Caribe (-1,1 p.p.). En junio, el retroceso regional fue más pronunciado: -4,3 puntos porcentuales frente al mismo mes del año anterior. Además, los ingresos reales del sector disminuyeron 2,1 %; es decir, los turistas llegan, pero gastan menos, lo que debilita la rentabilidad.

Los problemas se evidencian en el mercado laboral. El turismo genera empleos, pero muchos son informales, temporales y mal remunerados. La estacionalidad y la precariedad limitan su capacidad de mejorar la calidad de vida. Un auge turístico sin trabajo formal puede alimentar problemáticas sociales más profundas.

A esto se suma el crecimiento descontrolado de los alquileres turísticos de corta estancia. Plataformas como Airbnb han multiplicado su oferta en centros históricos y zonas de playa, elevando precios de vivienda, desplazando residentes y afectando la convivencia. Barcelona decidió eliminarlas para 2028 y Medellín ha reforzado controles. En Colombia, la Ley 2068 obliga a inscribirse en el Registro Nacional de Turismo (RNT), pero la falta de cumplimiento sigue siendo la norma.

Frente a este panorama, el Caribe debe trazar una ruta clara. Primero, ordenar la oferta: exigir el RNT, fijar cupos de operación por barrio y garantizar normas de convivencia. Segundo, mejorar la calidad del empleo con metas de formalización, mejores salarios y programas de formación en idiomas, hospitalidad y oficios técnicos. Tercero, gestionar la capacidad de carga: establecer aforos en playas y centros históricos, implementar tasas de congestión y reinvertir esos recursos en infraestructura urbana, servicios públicos y protección ambiental. Cuarto, diversificar la oferta más allá del sol y playa, apostando por productos culturales, gastronómicos y de naturaleza que distribuyan beneficios en más territorios y durante todo el año.

El gran desafío es lograr que el turismo se convierta en una herramienta de progreso colectivo, capaz de generar riqueza sin deteriorar la calidad de vida urbana ni profundizar desigualdades. Más que contar turistas, se trata de que el turismo cuente para todos.

* Directora Ejecutiva Fundesarrollo

@OrianaAlvarez