En muchas ocasiones se ha tratado de explicar el fenómeno de la corrupción como una expresión cultural. Sin embargo, otros consideran que la corrupción debe explicarse desde la genética. Por supuesto que las dos posiciones son respetables como discutibles. No obstante, lo cierto es que la corrupción, pese a los ingentes esfuerzos normativos de corte constitucional y legal, implementados en mundo, han resultado infructuosos para combatir el flagelo de mayor identidad, que impide el desarrollo sostenible de los Estados y la reivindicación de las condiciones en que viven los más pobres del orbe.
Lo anterior significa que la lucha contra la corrupción no tiene solución exclusivamente en la norma jurídica, sino que debe implementarse adicionalmente una política pública de Estado que gravite en la ética, como eje transversal de la vida en sociedad.
Lo público es sagrado, el erario es intocable y el servicio público debe estar reservado solo a hombres y mujeres éticos. Aunque suene ridículo para algunos, hay que volver a lo básico: educación en casa fundada en principios y valores y en el aula de clases, como formadora académica completaría y calificadora para el ejercicio profesional y la responsabilidad social del ciudadano.
No hay duda entonces que la herramienta más idónea para luchar contra la corrupción es la ética. Para Aristóteles la ética es la disciplina filosófica que estudia el bien y el mal y sus relaciones con la moral y el comportamiento humano. También es considerada como el conjunto de costumbres y normas que dirigen o valoran el comportamiento humano en una comunidad.
Es claro que los altos índices de corrupción en los Estados del mundo corresponden a sociedades que aunque “desarrolladas”, inclusive en lo socioeconómico, se caracterizan por el comportamiento abyecto, inmoral y delictivo de la mayoría de sus coasociados, quienes socialmente basan sus relaciones en los antivalores. El desarrollo económico en muchos casos traspasa la línea, cada vez más tenue entre el bien y el mal, entre lo ético, moral y estético.
Imponiéndose lo antiético, lo inmoral y lo antiestético. En otras palabras, en el mundo moderno paradójicamente, a lo malo se le llama bueno y a lo bueno, malo. Lo que más preocupa es que en muchos casos el mal llamado “desarrollo”, se funda en el propio exterminio de la especie humana y de la naturaleza que le rodea. La cultura del dinero fácil, del apetito voraz sobre el erario y el irrespeto a los congéneres, se explica en el deterioro de la familia. Luego es imperativo la adopción de una política pública de Estado para la ética.








